Buenos propósitos

¡Hale, que es gerundio!

 

Yo soy el del centro de la foto, el de sonrisa helada, jersey rojo de lana con muñeco de nieve, gafas postizas con nariz y bigote, y cuernos de reno. Lo bueno de mi vestimenta es que si no digo que soy yo, apenas se me reconoce. Al menos eso es lo que pienso para consolarme.

En mis propósitos de este año incluiré no volver a asistir a una comida de navidad de empresa. No hacía ni dos semanas que me había incorporado a mi nuevo trabajo cuando me enteré de que el siguiente sábado celebraríamos la tan esperada comida navideña: mis dos compañeros, mi jefe y yo.

Me puse contentísimo porque estaba recién llegado de EEUU y allí estas cosas se celebran a lo grande. Hasta me compré un atrezo para la ocasión en el chino de abajo, ¡la casa por la ventana! No me importó gastar un poco más de la cuenta porque son cosas que siempre vienen bien de fondo de armario.

«Soy el nuevo, pero no el soso», me dije ufano. Así que en la puerta del restaurante en el que habíamos quedado me coloqué todo mi arsenal navideño y entré con aires de importancia. Imaginé que habría más cuernos, barbas de Santa Claus o gorritos pero…¿el detalle del jersey? Ahí me supe vencedor. ¡Todo sea por la navidad: fum, fum, fum!

A pesar de ir disfrazado, o quizá precisamente por ello (ya que nadie más lo iba en todo el restaurante) mis compañeros me reconocieron al instante y me hicieron gestos desde el fondo del bar para advertirme que estaban ahí.

Nos colocamos en una mesa de cinco dejando un espacio libre.

–¿Disculpen, está libre? –preguntó un señor agarrando la silla que sobraba.

–Sí, por supuesto –respondí con una amplia sonrisa bajo mi bigote postizo.

–Es usted tremendamente amable–Y se sentó.

La perplejidad de mis compañeros les hizo dirigir su mirada hacia mí, ya que (por mi amabilidad) ahora éramos cinco. Mi primer impulso fue pedirle que se fuera, pero, por otro lado, él había pedido permiso y yo se lo había dado así que me pareció lo correcto tratar de iniciar la comida como si no hubiera pasado nada.

–¿Qué tal si nos hacemos una foto para recordar este momento?–pregunté sin demasiado éxito.

–¿Estás seguro de que quieres inmortalizarlo?– añadió con cierto pudor uno de mis compañeros que vestía un traje azul y corbata.

Pasados unos segundos de riguroso silencio el señor espontáneo, el quinto elemento preguntó:

–¿Usted no es de aquí, verdad? Se le nota –me dijo de pronto.

–Bueno, si lo dice por los cuernos de reno…–no me dejó terminar.

–¿Puedo contarle un chiste?

–Si ayuda a digerir este momentazo –interrumpió con cara seria mi jefe (éste con traje gris)

A mí los chistes rara vez me hacen gracia, así que vi venir la incómoda situación de que alguien me lo cuenta partido de risa y yo le miro con una extraña mueca en la cara que pretende ser una sonrisa pero que se queda en el intento. Pero por otro lado, pensé, poco podía empeorar la situación.

Se nuevo me equivoqué.

–¿Conoce el chiste del camello?– me preguntó.

–No.
–Pues se joroba–. Su carcajada fue inmediata. Echó la cabeza hacia atrás y dio una palmada mientras salía un torrente de humillación a borbotones por su garganta.

Acto seguido se levantó y se fue y en ese momento, en el que aún no había digerido su respuesta, escuché el click de la cámara de fotos.


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