Bombas de relojería

Las horribles historias de Sileno

 

Hablar, lo que se dice hablar, con fluidez, en italiano, no sé, pero me defiendo bastante bien a base de gestos, trozos de canciones, frases de películas y buena voluntad. Algo así me sucede también con el francés y el inglés. Lo que no domino es el alemán, ni el japonés. En fin, que si mi interlocutor no es alemán ni japonés y pone ganas, se me entiende. Eso me ha permitido viajar cómodamente a Nápoles y Sicilia, aprovechando una oferta del Corte Inglés para la tercera edad. Compramos el viaje por cuatro perras, de las cuales mi buen amigo Ginés puso la parte del león, ya que el pobre se ve la muerte muy cerca y quiere aprovechar el tiempo que le queda para ver algún pedazo del extranjero. Y digo bien porque Ginés, además de cojo, es tuerto del izquierdo, así que lo que ve lo ve a medias. Como él no habla italiano ni tiene a nadie que le acompañe, lo hago yo, mayormente a su costa, que para eso está la amistad añeja, y no para ignorarse mutuamente.

Debo decir que Ginés viaja advertido. Él sabe que aunque nos toque dormir en habitación doble, a mí me gusta echar los kikis en privado, así que si se presenta la oportunidad de llevarme a la cama a alguna camarera de piso o, incluso, a la gobernanta del hotel, lo cual no es infrecuente, Ginés dormirá en el sofá de recepción o, si hay moqueta, en el puto pasillo, hasta que yo decida abrir la puerta del michinal. La advertencia no es gratuita, ya que no me faltan habilidades con las nativas,  considerando mi facilidad para los idiomas y mi atractivo físico, que es el de un madurito un tanto descuidado. Lo del descuido es fundamental. La barba a medio afeitar, el chándal, la gorra y unas bambas ligeramente embarradas son recursos eficacísimos para la pesca. El mundo está lleno de mujeres que abominan de la corbata y la raya en el pantalón, mujeres que te miran como diciendo “relamidos abstenerse”.

Sin embargo, las cosas no funcionan siempre como uno quisiera. Estábamos alojados en Siracusa y mientras el grupo se subía al autobús para visitar no sé qué teselas de una casa romana, yo decidí quedarme en el hotel y trabajarme a la recepcionista, una jovencita de generosas tetas, que se deshacía en sonrisas cuando yo le soltaba ciertas frases aprendidas, vinieran o no al caso: «Sono una bomba a orologeria che aspetta di esplodere…Una mina vagante, signorina, una polveriera». 

Ginés y su pata coja se montaron en el autobús, junto a otras señoras de aspecto ruinoso. Al fin y al cabo iban a visitar ruinas. Yo tonteé cuanto pude con la recepcionista hasta que llegó el cambio de turno y me brindé a acompañarla a su casa. «Sono pronto a esplodere». No hizo falta: poco antes de las ocho se presentó un mastuerzo con dientes de borrico y se la llevó con él, agarrándola por la espalda como lo haría un pulpo en celo. Decidí entonces darme un garbeo por el pueblo y vacilarme a las camareras de las proximidades. Me tomé un Aperol, dos, tres, pero no hubo suerte.

Cuando volví al hotel, Ginés ya había cogido la llave y había colgado en la puerta el cartelito de no molesten. Lo entendí enseguida, porque para algo sé inglés, y debo decir que la situación me extrañó. Lo que más me sorprendió es que, desde el exterior, podía oír perfectamente las alegrías del cojo y de la mujer que le acompañaba. Un respeto. Para eso están los amigos. Me apliqué el cuento y estuve dormitando hasta las doce en el sofá de recepción y, cuando cerraron el bar y apagaron las luces, subí hasta la habitación 314 y me tumbé en la moqueta, delante de la puerta, como un perro.

Al día siguiente, Ginés me presentó a su ligue: otra coja, como él, que viajaba con nosotros desde el inicio y que, lógicamente, me había pasado desapercibida. Un cielo de muchacha —en palabras de Ginés—, cariñosa y dulce, con un par de tetas como dos carretas y una ansiedad amatoria que ni las bombas de relojería. Le miré con envidia, pero fingí desprecio. “¿Dónde vas con semejante cromo?”, le susurré. “Debo aprovechar el viaje, Marcial, lo siento”, me soltó, no falto de razón.

Aproveché el resto de los días para dormir en el autobús porque, al llegar la noche, me tocaba tumbarme en el pasillo del hotel, incapaz de lograr una cama como Dios manda, a pesar de mi italiano y del desaliño indumentario que, día a día, iba en aumento. Pero, en fin, para eso están los amigos, para darnos apoyo y no para ignorarnos mutuamente, aunque creo que esto ya lo he dicho antes.


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