Azufre, selenio y teluro

Las horribles historias de Sileno


Siempre he sido mucho de ir a la playa y ponerme moreno como un tizón, porque cuando algo es gratis y mejora el aspecto hay que aprovecharlo. Las consecuencias llegan ahora, con la edad. Cada año voy al dermatólogo para que me haga un repaso. Torrecillas se llama el mío. Y lo hago pagando, que la piel no está para escatimar. Resulta que tengo un lunar bastante grande en la espalda que hay que vigilar, y luego están las manchas seborreicas en la frente y las orejas, que hay que quemar con nitrógeno líquido. Además, debo ponerme crema a diario y resguardarme del sol, según Torrecillas. ¡Como si no fuera suficiente con la gorra! ¿Aunque esté nublado? ¡Aunque llueva! Crema solar y maquillaje, como las putas. De acuerdo. Si hay que pintarse, me pinto, porque quiero seguir viviendo, que es gratis. Así que cada año paso revista con el doctor Torrecillas: me vigila el lunar, me quema alguna verruga y salgo de la consulta como nuevo.

Hoy he tenido que esperar bastante, y no porque hubiera mucha gente, sino porque me he empeñado en que me visitara el doctor. De vez en cuando la enfermera se excusaba diciendo que estaban esperándole y que seguramente llegaría antes de que cerraran la consulta. Pues nada, me he dicho, a leer revistas, que es gratis.

Otros pacientes se visitaban con la esposa del doctor, que también es dermatóloga. La conozco: una cincuentona patilarga con gafas de culo de vaso y cola de caballo que no me ofrece ninguna confianza. En cierta ocasión me visitó ella y acabó recetándome unas píldoras de azufre y selenio para el pelo que, evidentemente, no me tomé. Recuerdo de mis tiempos de estudiante que los elementos químicos como el azufre, el selenio y el teluro no son cosas de comer.

—El doctor no ha llegado todavía —me ha dicho la patilarga dejándose ver, y me ha advertido que, si quería, podría visitarme ella.

—Gracias —le he dicho—, prefiero esperar al doctor.

Ha habido un momento en que solo quedábamos en la consulta una señora con un esparadrapo en la nariz, la enfermera y yo. De repente ha salido la doctora y ha despedido a la enfermera. Eran casi las dos y media y convenía ir cerrando la consulta. La enfermera ha recogido sus cosas y se ha ido. Entonces, la doctora ha hecho pasar a la señora del esparadrapo y me ha sonreído desde detrás de sus gafas de miope.

—Parece que el doctor no llega. Si no le importa, le atenderé yo en cuanto acabe con Marisa —por lo visto, la tal Marisa era la señora del esparadrapo.

He estado a punto de marcharme, pero me ha parecido de mala educación, así que he decidido esperar. Al fin y al cabo, la doctora también podría echarme un vistazo al lunar. Además, si me preguntaba por las pastillas de azufre y selenio le diría que me las había tomado y que me habían ido la mar de bien.

Cuando me ha hecho pasar a la consulta, la doctora se había quitado la bata y dejado al aire un top de tirantes de satén azul marino con ribetes de encaje. Hacía calor, pero no tanto como para que, de repente, me ofreciera así, gratis, la versión más puntiaguda de sus pechos, velados por la ropa. Apoyó los glúteos en la mesa del despacho y se abrió de piernas en una postura un tanto obscena.

—El doctor nos ha dejado solos en la consulta… y seguramente no vendrá. Así que estamos solos —insistió—. Acaba de telefonearme desde Portugal diciéndome que está en un congreso y no llegará hasta mañana… Vaya desnudándose para que lo examine.

Luego se ha ajustado las gafas de culo de vaso y ha rebuscado entre los papeles. Mientras leía mi informe se ha pasado la lengua por los labios, unos labios finos que enmarcaban una boca descomunal, repleta de dientes blanquísimos. Me ha dado la sensación de que se relamía.

—Veo que mi marido anotó en su ficha que hay que revisarle un lunar… un lunar en el glande, ¿no? Quítese el calzoncillo.

—¿El calzoncillo? —me he atrevido a preguntar con voz meliflua.

—Pues claro, ¿cómo quiere que lo examine si no?

En aquel momento he comprendido que la dermatóloga de los pechos puntiagudos, el top de satén y las gafas de culo de vaso había leído mal. Yo no tenía un lunar en el glande, sino un lunar grande, que convenía vigilar. No obstante, cuando te ofrecen algo gratis hay que aprovecharlo. Así que me he quitado el calzoncillo, me he bajado el prepucio y la he dejado hacer. No he querido mirar. Solo sé que, concluido el tratamiento, he salido de la consulta como nuevo. Para celebrarlo me he tomado un vino en el bar de abajo, sin azufre, selenio ni sulfitos. A su salud.