Avistamientos nocturnos

Postales desde Andrómeda

 

Una noche se nos coló un lagarto en casa.

Estábamos sentados delante de la tele, comiéndonos el bocadillo, cuando vimos un bicho enorme pegado en el techo. Era parduzco, tenía la cabeza triangulada y se le contaban perfectamente cinco dedos en cada mano. Estaba inmóvil, junto a la lámpara, como tomando el sol.

Mi madre fue a la cocina, volvió con la escoba y haciendo que no tenía miedo empezó a darle golpecitos para despegarlo y hacerlo caer. En lugar de eso, el animal correteó, como por etapas, y acabó escondiéndose detrás de la vitrina. Esperamos un rato a ver si salía pero no lo hizo. Como no sabíamos cómo sacarlo de allí, mi madre pensó un momento y tomó una decisión:

—Llamar a Jesús.

Jesús era hijo de la Alfonsa, el mayor de nueve hermanos. Trabajaba en un taller mecánico y como era muy dispuesto todo el barrio recurría a él para pequeñas reparaciones caseras. Lo mismo te desatascaba una cañería, que te cambiaba un azulejo o te empapelaba el comedor.

Le debimos pillar cenando porque vino en camiseta y con un palillo en la boca. Parecía Marlon Brando pero en pequeñito. Se plantó en jarras delante de la vitrina, mientras todos a la vez le describíamos al intruso y le explicábamos la situación.

—¿Estáis seguros de que está ahí?

—Sí, sí, sí —contestamos todos.

—Apartaos un poco.

Se abrazó al mueble y de un movimiento lo separó de la pared, luego metió medio cuerpo detrás. Luego asomó una mano.

—María, la escoba.

Escuchamos unos golpes y alguna palabrota. Luego se hizo el silencio y Jesús salió con el lagarto muerto sujeto por el rabo. Le abrimos paso, se fue a la cocina y lo tiró por la ventana.

Mi madre le dio las gracias muchas veces, y le puso algo en una mano.

—De nada María, cualquier cosa ya sabe. ¡Adiós chavales! —Y se fue.

Volvimos a sentarnos todavía excitados, repitiendo una y otra vez detalles de lo sucedido. En la tele empezaba un episodio de nuestra serie favorita:

«Los invasores…
seres extraterrestres de un planeta agonizante.
Su destino: la Tierra.
Su propósito:
conquistar el planeta”

Cuando salió David Vincent en mi cabeza yo veía a Jesús, en camiseta, detrás de la vitrina, cuerpo a cuerpo, luchando con el animal.

 


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