Aurora

Retales

 


 

Siempre detrás de un ojo parece haber una mirada. Pero con Aurora nunca se sabe si ve o mira.

Lleva una melena despeinada en apariencia, aunque de hecho es uno de esos despeinados calculados. Esos ojos que tiene la delatan.

Es de una juventud clarísima. Sus ojos lo demuestran; no son líquidos. La córnea blanca, inmaculada. Las pupilas en su justo lugar, cálidas redondas, brillantes. Penetran todo aquello en lo que se detienen. Mandan rápido conclusiones retina a través.

A veces su mirada aparenta estar perdida, fija en un horizonte ignoto. No debería nadie dejarse engañar, no lo está.

Su rostro al igual que su pelo simula estar descuidado, o al menos eso sugiere. Ya se ve que no se da sombra en los párpados, ni se arriesga con el rímel, ni se hace la raya en el párpado superior. La imagen no deja que se perciba ese punto de azul que resigue la parte interior del párpado inferior con el lápiz de ojos. Ahí sí, se delata el cuidado.

En contraste, Aurora se pinta las uñas de un rojo casi granate que destaca la blancura tersa de sus manos.

Poco amiga de estridencias, intenta pasar desapercibida. Tanto puede llevar un pantalón vaquero como uno ancho que se bambolee al andar, que lucir una falda recia de tejido “tejano” como una falda de vuelo ceñida a la cintura y larga hasta los pies. No le gusta la ropa ajustada que le resalte las curvas que tiene todo cuerpo de mujer. Precisamente por eso la gente la mira, o los hombres la miran y la puñetera lo sabe. Provoca más quien oculta que quien enseña desmesuradamente. Adivinar qué hay debajo es una costumbre afianzada en algunos.

Desde su mesa, en recepción, atiende al público de maravilla. De todos modos, no hace como algunas que sueltan una voz melosa y cuatro melindres para que se sientan cómodos; no, ese no es su estilo. Con una voz profesional y enjuta responde a lo que se tercie. Lo que realmente encandila a los que presta atención es esa mirada penetrante que hace que la obedezcan cuando les dice: Mire, espere ahí en la salita de la derecha. Enseguida le llamarán.

Si conviene los acompaña y entonces sus artes se despliegan en unos andares gráciles pero determinantes.

Volviendo al contorno de sus ojos se aprecia que no está delgada. Proporciones justas. Y así debe ser toda ella. Ni le sobra ni le falta.

Se desplaza en transporte público, no le gusta la agonía del vehículo propio. Auriculares en los oídos y música en su móvil en el bolsillo. En la mano un libro que a veces lee de una pantalla digital y otras en papel. Para un taxi si es necesario o cree que procede.

Nunca tarda en que pare uno. Siempre la ven.

Pero Aurora no es el alba, no es la luz de una madrugada; Aurora es una aurora boreal.

 

Ilustración de Pilar Pérez Ribalta.