Apocalipsis

Por la orilla


—El que ningún gobierno, estado, nación o régimen haga nada contra los paraísos fiscales, es la demostración evidente de quiénes son los que mandan. 

La luz de la Luna se desliza sobre la charca con elegancia. Un suave sonido de grillos alegra el aire. Charlamos sin querer llegar a nada. Por diversión.

—Lo que dices no es una verdad completa. Casi todos los sistemas financieros, las bolsas, bancos, fondos o pannacionales aplican restricciones de algún tipo contra ellos. Sí, unos más que otros. Es cierto. 

Sobre la orilla revolotean luciérnagas enamoradas. Sus alas dibujan elaborados discursos. Cuentan historias reales e inventadas. ¡Canta la rana! Hay dos espadañas maduras. Semicruzadas. Hacia la derecha. Sobre el reflejo. ¡Chof! Unas ondas se alejan y dejan un rastro de luces. 

—Tienes razón. Pero no es menos cierto que las protestas son una molestia. Por eso se compran. Se usan como herramientas. Sociales. Modas. Como juguetes. Porque se aburren. La gente se ha dado cuenta. Y le da lo mismo. Hakuna matata. Ganaron. 

La de la izquierda está más inclinada, doblada, agachada bajo el influjo de su hermana. Por eso calla. En el silencio de las sombras. 

—Sí. 

Al fondo un puente de piedra, derruido, tapizado de musgo. No llega a cruzar a ningún lado. Es una reliquia arqueológica. Un símbolo. Tiene un mensaje para entregar, pero no somos nosotros los destinatarios. A veces hablamos de eso. No lo entendemos. Es una lástima. Pero hablamos. 

—¿Lo ves? Esa misma gente que ha subarrendado parte del intelecto a multinacionales. ¡Ja ja ja! Hablo en tercera persona. Como los reyes. Qué gracia. Externalizar, se llama ahora, crowshader. ¡Qué sé yo! Las cosas tienen mil nombres y matices que se perderán en el nirvana del olvido, arrastrados, empujados, aplastados por las olas que rompen azuzadas de veneno. 

Es lo que somos. Veneno. 

Un resplandor tremendo iluminó la noche. Desapareció la Luna. Ardió el cielo en mil truenos. Centellas de la muerte. La tierra tembló, nerviosa por el calor. El fuego acabó con las espadañas, las ranas, las luciérnagas y la mismísima charca. Acabó con la risa, con el llanto, acabó con nosotros. El fuego de Dios. Acabó con todo.

—¡Eres un poeta!


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