Andanzas del patriarca Abraham, capítulo IV y último

Lengua de lagartija

 

Después de tantos escándalos, incestos y escabechinas, Abraham decidió rumbear hacia otros pagos, de modo que tomó a Sara —su mujer— y se fue a un país llamado Gerar, no sin antes advertir a su esposa, al igual que lo hiciera en Egipto, que negara la índole del parentesco y se presentara como hermana. Así entonces, con la consciencia tranquila, Abimelec, monarca de aquel reino, se apoderó de Sara y la llevó al lecho real. Dícese que etimológicamente lecho proviene del vocablo lechón, pero esta similitud apenas se da en castellano, así que no demuestra nada. Como quiera que sea, el tal rey Abimelec empezó a comportarse como un cerdito. Entonces apareció el infantable Patrón, y cuando el soberano tenía bien izada las velas de su lúbrica embarcación, procedió como lo había hecho en Egipto con el faraón, amenazando de muerte al galán para que arriara el velamen y zarpara hacia otros mares.

En vista de cómo estaban las cosas, el tal Abimelec devolvió la esposa al marido, no sin antes reprocharle por el embuste que estuvo a punto de enemistarlo con el Patrón. Casi, casi igual que lo sucedido en Egipto, y es que la Tora con frecuencia suele repetir los argumentos, tal vez porque los libretistas de entonces preferían que los fichara Hollywood.

Después de estos valleinclanescos sucesos, Abraham y Sara volvieron sobre sus pasos y por el camino ella rompió aguas, entonces dio a luz un bonito bebé al que llamó Isaac, tal como había ordenado el Patrón.

Pasado el tiempo, Ismael, el hijo que Abraham había tenido tiempo antes con Agar, comenzó a hacerle bulling a su medio hermanito. En vista de cómo estaban las cosas, Sara exigió a su frateresposo que despidiera a la pobre Agar y su hijo, Ismael. Y fueran expulsados a la puta calle (o sea al puto desierto). Abraham, que era un fratermarido obediente, accedió a los apremios de su frateresposa y dejó a madre e hijo a la intemperie. Un desahucio en toda la regla, sin juicio ni nada.

Sin embargo el Patrón se compadeció de los desterrados, y para remediar la desastrosa situación abrió un pozo de agua para que bebieran y también prometió que de Ismael saldría un pueblo numeroso, promesa similar a la que en su día le hiciera a Abraham. Así pues, de Isaac e Ismael surgieron dos pueblos. Dos pueblos que desde entonces andan a la greña y habitan en casi todo el mundo: Marsella, Brooklyn, Villa Kreplaj, El Raval, etcétera.

Pasado algún tiempo, el Patrón, que por entonces andaba ocioso, tuvo una nueva ocurrencia; entonces llamó a Abraham, que estaba durmiendo la siesta, y le dijo:

—Tomarás a Isaac, tu hijo, lo llevarás al monte, lo atarás de pies y manos, pondrás el filo de tu puñal en su gaznate, y… ¡ñácate!: le cortarás el cogote de un solo tajo. Bien profundo,  para que salga mucha sangre, ya que el hecho debo registrarlo en el libro que estoy escribiendo y quiero que el relato me salga muy pero que muy gore. A continuación encenderás una bonita hoguera para asar al muchacho y que así quede como uno de esos espléndidos chuletones de la Pampa, que resultan tan suculentos. Y todo esto lo harás como sacrificio en mi honor. ¿Quedó en claro?

—Sí, mi Jefe —contestó Abraham juntando ruidosamente los talones—, a mandar.

Así que Abraham llevó al pobrecito Isaac a un lugar de las afueras, lo amarró a un poste, puso leña a sus pies, y cuando se disponía a encender el Zippo (aquí aparece una controversia entre tres tendencias religiosas: están los que afirman que, efectivamente, el mechero era un Zippo, estos son los ortodoxos. Otros dicen que de Zippo nada, que el mechero era un Ronson, estos son los reformistas. Por último están los que aseguran que se trataba de un simple Bic desechable, estos son los teopopulistas. A día de hoy las tres sectas luchan a muerte). Retomemos el hilo: decíamos que Abraham amarró al chavalito a un poste, puso leña a sus pies, y cuando se disponía a encender el mechero  se oyó desde las alturas la voz atronadora de un secretario del Patrón:

—¡Detente, gilipollas! ¿Te has vuelto loco? ¿No sabes interpretar una broma?

—Es que el Patrón me lo ordenó — gimoteó Abraham.

—¿Ah sí? ¿Y tú haces todo lo que te ordenan? ¿Si te dicen que te tires al río vas y te tiras?

Abraham giró la cabeza a izquierda y derecha, pero no vio ningún río en aquel arenoso desierto.

—Claro, si me lo manda el Patrón yo me tiro al río —dijo el Patriarca ante la certidumbre de por allí no había corriente de agua alguna.

—Pero es que se trataba de una broma, ¡mamón! Anda, desata al muchacho y pon en su lugar a este guapo cordero —dijo el secretario del Patrón, y puso en sus manos una ovejita preciosa a la que asaron y comieron entre los cuatro: Abraham, su hijo, el secretario del Patrón, y el mismo Patrón, en tanto que, mientras masticaba, Isaac mascullaba para sus adentros:

¡Vaya broma pesada!

Y por ahora dejamos aquí el relato de las andanzas, aventuras y desventuras de Abraham, con certificado de Patriarca expedido por altas autoridades confesionales bajo licencia de Spirituals Inc. Pero antes de abandonar el escenario damos lugar a ciertas interpretaciones profanas de algunos estudiosos bíblicos. Según las mismas, las aventuras de Abraham resultan un compendio de monstruosidades y obscenidades varias, recomendables como lectura infantil a los efectos de que los niños se vayan acostumbrando a las dificultades de la vida. Esta exégesis no pasa por alto la unión incestuosa del Patriarca, pero según los entendidos el incesto puede ser una práctica saludable, y si no que se lo pregunten a las hijas de Lot. En cuanto al intento de degollar a su propio hijo, los expertos preguntan en qué familia de buena sociedad no se ha asesinado a uno o dos hijos al menos una vez al año. En fin: incesto, filicidio, proxenetismo. La lectura del Génesis es más divertida que una vuelta en el trencito fantasma.


Comparte este artículo