Anatoly Solonitsyn en la cuenca minera del Maestrazgo

La sombra liberada

 

Anatoly Solonitsyn (no confundir con el escritor nobelado Aleksander Soljenitsin) fue un actor ruso que desarrolló la mayor parte de su carrera a las órdenes del director Andrei Tarkovsky. Pudo influir en esa relación —la del actor con el director— que el padre de Andrei, poeta tolerado por el régimen soviético, se llamase Anatoly. No lo sé ni se puede argumentar. En cualquier caso, me atrevo a afirmar que Solonitsyn no estuvo jamás en Aliaga, un pueblecito de la cuenca minera del Maestrazgo.

Sin embargo, yo sí estuve en ese pueblecito turolense. Estuve allí, pasé algunas horas en él y luego visité las ruinas de la vieja central térmica, que cesó su actividad en los 80 tras poco más de 30 años de actividad. La central térmica de Aliaga se nutría del carbón procedente de las minas muy cercanas. En cuanto se clausuró el yacimiento carbonífero, se terminó lo la central. Aliaga es, a día de hoy, un pueblecito pequeño y triste, más bien deprimido, aunque hay un hotelito (cerrado por vacaciones cuando estuve) y una casa rural regentada por un ciudadano alemán. Comí en el bar de la carretera, un plato combinado tan simple como intemporal. Había otros comensales: una pareja de esas parejas raras y desiguales, algunos obreros silenciosos que masticaban en silencio, casi como rumiantes carnívoros y atentos a las pantallas minúsculas de sus smartphones. Uno de ellos mantuvo una conversación rutinaria y casi lúgubre con su jefe, que deduje que estaba en Zaragoza.

El sol brillaba plateado y alto, blanquecino, como empolvado de talco o de cocaína. En la terracita había un moro solitario sentado ante un cortado de café con un rarísimo color verdoso. El hombre, joven de una juventud incierta y limítrofe, fumaba con ansia. El humo que exhalaba su pecho estallaba y refulgía en el aire, a la luz perlada y grandiosa, limpia, de un sol cansado. En el aire invernal pero tibio de Aliaga, frente al descomunal circo de pliegues geológicos que lo preside desde el otro lado del río Guadalope, patrullaba una bandada de cuervos silenciosos.

Me paseé por las ruinas de la vieja central térmica. Saqué fotos y anduve arriba y abajo. Hace pocos años, un director de cine, español, filmó aquí una cinta experimental, La distancia, un homenaje a Tarkovsky, tan obvio como raro. En aquella cinta se cuenta, entre otros asuntos, la historia de amor que mantiene un bidón destinado a la quema de residuos con la chimenea descomunal de la instalación. Para uno que es de letras como yo, la ruina de una central eléctrica es como la ruina de un complejo alienígena: no comprendí nada salvo la magnitud, lo tétrico, lo peligroso domesticado por lo arruinado. La poesía, en definitiva. Eso es lo que quería contar: la poesía. El agua pútrida, verde y amarillenta en esas bañeras gigantes. El agua cubierta por insectos muertos que creyeron que ese agua era buena para beber o incluso para depositar sus larvas.

Anatoly Solonitsyn murió poco después de rodar Stalker. Dicen por ahí que su muerte fue debida al contacto con el agua de la central térmica báltica (por entonces báltica y soviética) en donde rodaron la cinta, quizás la más terrible de Tarkovsky o, por lo menos, la más conocida en el occidente capitalista que gustaba de ver cintas de Tarkovsky antes de meterse un cubata de ron cubano con Coca-cola entre pecho y espalda, durante el cine fórum. Pienso en la muerte de Anatoly y me vienen ganas de meterme hasta la cintura en este agua tóxica. Sí, pero solo hasta la cintura: ser catalán impone ciertas renuncias, ciertas cobardías (lo llaman idiosincrasia catalana), ciertas obediencias, cierta servitud a lo que es más nuestro. Aquí lo hacemos casi todo, pero solo un poco. Un poco y ya basta. No vaya a ser que…

El arte es muy exigente. Eso lo sabían Anatoly y Andrei y, en cierto modo, también lo sé yo, pero hago como que no lo sé y cuento tonterías y anécdotas y metáforas tontas. Y es por eso que, tras la visita a la central térmica que no visitó el actor Solonitsyn, me vuelvo para el bar de carretera de Aliaga, me pido una botella de vino barato y un vaso y me dispongo a contemplar el ocaso en la terracita, sentado en la mesita que ocupó, antes, el moro que fumaba y demoraba la consumición de su café cortado de color verdoso, muy raro.


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