Amorodio, el nuevo vil metal

Solo, por favor

 

Me preguntas por mí y te respondes por ti, como si una cosa llevara a la otra y al final fueras tú quien se encarga de mi felicidad. Porque te encargas, claro. ¿Qué sería de mí sin ti? Eres faro en la penumbra de mi oficina, estrella Polar en la noche amarga de mi existencia, el último taxi en Cibeles, la ensaladilla rusa de las cuatro de la tarde sin haber comido. Porque tú eres todo para mí, porque tú lo dices. ¿Y qué soy yo?

Milonga bonaerense envuelta en dulce de leche para delicias de propios e incautos, que me tangas los sueños, que movilizas cada neurona de mi alma como si existiese el alma. Tú, y solamente tú, sosegándome por fuera, ensogándome por dentro. Ya entonces, amor, ¿no te acuerdas? Me llevaste al Jardín Botánico y yo allí con mi flor como un gilipollas. Que no pasa nada, que no pasa nada, que soy feliz, si tú lo dices. ¿Pero qué soy yo?

Eres mi circunstancia, ¡faltaría más! No hay que pasar revista a Occidente para saber que los valores, los tuyos, están ahí, tan objetivos. Que soy yo, que no acierto a desentrañarlos. Te veo tan transparente como al principio, ¡si al menos pudiera reflejarme en ti! Pero basta con que me imbuyas de esa aura, ¡oh, mi auriga! O corcel que dicta al viento dónde llevarme —por no decir que bebo los vientos por ti—. Sono una bámbola, ¿o qué soy yo?

En tu natural ingenio, acuñaste el término equipocacción poniéndome a los pies de los caballos. Y no levanté cabeza desde entonces, cuando los cascos me destrozaban el cráneo, cuando tu galope me hacía morder el polvo una y otra vez. Mis vacaciones nunca fueron merecidas, siempre a tus pies, noble bruto. Y yo embrutecido de enjaezarte, y tú pidiendo más, mientras las jornadas pasaban y la vida pasaba de largo. Todo por un sueño, tu sueño, tu credo, mi ilusión. Equipo-poca-acción no, equivocación; la mía. Porque, si no fui un engranaje más, ¿qué fui yo?

Me relegaste. Aun así, no puedo marcharme. Me hipotequé hasta las trancas, como bien sabes, canalla. Formé familia. Tengo obligaciones hasta el fin de mis días. Poco te importa, poco te importé. Pero, eso sí, sigues dando ruedas de prensa deleitando oídos y acaparando titulares con el manido mantra de crear riqueza. Porque los demás solo somos números a quienes cerrar la boca con el nuevo vil metal: ni contigo ni sin ti. Amorodio lo llaman. Migajas. Dime qué harás cuando no podamos consumir tus productos, dime qué harás cuando no puedas mirarte en el espejo. Dime, ¡oh dueño y señor de esta tu compañía!

Hasta entonces me tendrás dejándome la piel para cada uno de tus gramos, aunque me instale bajo un puente, aun cuando mis hijos enfermen. Sí, en tu salud y en mi enfermedad, hasta que mi muerte nos separe. Hasta entonces, recuerda, soy lo que tú quieras.


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