Aguilar de Alfambra

La termita y la palabra

 

Por la esclusa del tiempo, navega la memoria del olvido y allí está mi pueblo, hundido como un pecio, que no supo flotar.

De vez en vez, los urbanitas, le calzan a su ocio su piel de neopreno y bajan a ese abismo de vejez sin coral. Esa poza opacada por la demografía, donde no existe el «demos» y sí la soledad.

Todos los pueblos despoblados son, sépanlo o no, el mismo e inequívoco andurrial vacío: el mismo andurrial.

Da igual dónde esté esa calle sin gente, esa ermita caída, esa casa cerrada. Ese zurrón dormido en el pajar.

Poco importa a qué huela el silencio o a qué cante el meandro (en su defecto, el grillo). La vida es un zarrio vencido en un desván.

Las sayas del cajón, los libros por el suelo, la leña en la majada, hablan de un solo «adiós» que ahuyenta al cementerio y le vuelve la espalda al polvo en el cristal.

Y él, mansamente, baja el párpado en silencio, espera y no dice nada: todo su discurso lo recita el recuerdo cuando evoca el pueblo desde la nostalgia. Ese taxativo modo de olvidar.

Aguilar del Alfambra, donde nace Teruel, es una de esas batiales submarinas llenas de memoria varada en la palabra.

En las lágrimas netas que llora la ciudad.

Abierto a la intemperie, permanece a caballo, en la grupa del mundo, a mitad de camino del ayer al mañana.

Del mañana al invierno.

Del invierno a este texto, desnudo en su retal.

Con él sus paisanos, los que se van, los que nunca se fueron. Los que han de venir. Los que nunca vendrán.

Con él los campos, el horno de pan, la chopera alfambrina, la escuela y los huertos.

La fuente y sus dos caños, la siega y su cielo irán también con él, a lomos del silencio: la grupa del verbo «amar».

Entre temblor y temblor, rodarán (las mejillas intratables del eco) los lloros que ahora, intento no llorar al cantarle a mi pueblo.

Vivir es cantar.

Lo dice un personaje del gran Use Lahoz en La estación perdida: «uno marcha del pueblo pero el pueblo no marcha nunca de ti».

Nadie puede escapar.

No es que esos andurriales estén vacíos, es que todos los ausentes llenamos sus recodos con nuestro existir.

Como el olor cubre al pan.

Pero es la llenura del enamorado («todo lo que pienso, piensa en ti») la que habita esa ausencia.

La ausencia es la demografía psíquica que registra los cuerpos que están sin estar.

Nos reunimos también con los ausentes.

Somos una especie social. Y son sociales los pueblos, aunque estén vacíos y los sepulte el tiempo usando la cal viva de su soledad.


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