Abrazos ausentes (o incompletos)

Miradas de cine

 

Preámbulo

Había ideado fabular acerca de dos abrazos imaginarios que a todo cinéfilo le hubiera gustado ver en tiempos donde el contacto físico ha desaparecido de nuestras vidas, y va Juan Genovés y se marcha. Hace poco más de un año asistí a una exposición con sus últimas obras donde también se hacía un repaso por su obra previa, y allí estaba El abrazo, ese símbolo bien intencionado de lo que parecía que iba a ser y no ha sido; de unos años de estallido y alegría que han dado paso a lustros de infamia, podredumbre y cainismo sin igual. Seguro que a Genovés no se le hubiera ocurrido ese cuadro en los últimos veinte años, o más, pero no he venido aquí a hablar de política o de su inexistencia ciudadana, sino de abrazos ausentes.

 

Introducción

Un hombre cuya silueta se recorta por un contraluz se sujeta el brazo derecho a la altura del codo mientras mira (nos mira) hacia el interior de la casa en la que no quiere entrar. Probablemente sujeta el brazo para liberarlo de la tensión del cuerpo desfallecido que acaba de devolver a su hogar, o quizás está recordando la mano afectuosa que una vez le tomó por el codo mientras paseaban por la llanura mirando la inmensidad de la extensión de terreno que circundaba su casa. Quién sabe, pero esa mirada del hombre, cuya sombra se proyecta sobre la entrada, no quiere ir más allá del recuerdo, el presente y el futuro ya no existen, sólo queda el pasado, cuando en una casa similar una familia al completo esperaba, y se alegraba, de la llegada del tío, del hermano o del cuñado, y para el que cruzar su mirada con la de Martha y recibir su afectuoso “welcome home, Ethan” era suficiente, aunque en su interior el deseo fuera distinto. Cumplida la última deuda con Martha, recuperada Debbie, y vengada esa cabellera colgando del escudo de guerra de Scar, a Ethan no le queda nada más que convertirse en un vagabundo acompañado por un fantasma del que ni tan siquiera puede recordar un abrazo, sino imaginarlo como un sueño imposible. Agarrarse el brazo derecho también es una manera de suponer cómo recibiría Martha el regalo de la devolución, el calor de un cuerpo deseado pero tabú. Un deber cumplido al que no le corresponde nada más que la desazón y la ausencia multiplicada por el efecto de no poder recordar lo que nunca existió, el contacto físico con un cuerpo que nunca le perteneció. Por eso a Ethan sólo le queda darnos la espalda, montar su caballo y desaparecer.

 

Apoteosis del abrazo no consumado

Veinte años no es nada, cantaba Gardel, y también decía “que febril la mirada, errante en las sombras, te busca y te nombra; vivir con el alma aferrada a un dulce recuerdo que lloro otra vez”. Y han pasado 20 años desde que nos emocionamos y sufrimos con la incompleta historia de amor de la Sra. Chan y el Sr. Chow. Pese a que entre ellos había contacto, incluso algún abrazo, todo ello era impotencia, era el paso máximo que iban a aceptar para no convertirse en otra pareja adúltera, para no seguir el ejemplo de sus respectivos cónyuges que les empujan a convertirse en cómplices y en amantes platónicos mecidos por la humedad de Hong Kong, las sombras de la noche, los recipientes humeantes para transportar fideos, la música del bolero que, machaconamente recuerda ese “quizás, quizás, quizás” que va a terminar en un “nunca, nunca, nunca”.

En el cine del siglo XXI probablemente nadie haya conseguido filmar con tanta precisión y tanto desarraigo el impulso amoroso contenido y el adiós de una ruptura de lo que nunca llegó a ser una pareja completa. Las capas, entrecapas y subcapas de la historia se entretejen, se confunden, se distienden y se comprimen consiguiendo trasladar al espectador la zozobra de este par de sufridores encorsetados en el mundo de lo correcto, iniciando una relación desde la constatación de ser engañados, pero manteniendo una premisa de la que, sin duda, se arrepentirán toda la vida, “nosotros no somos como ellos”. ¿Cómo no imaginar lo que ambos estarán pensando? Ese “y si”, si nos hubiéramos conocido en otro tiempo, en otro lugar, sin compromisos que mantener. Qué bonito hubiera sido acariciar ese otro cuerpo, lanzarse por un tobogán de deseo sin pensar en el engaño, en la traición, solo por placer, por amor, por hedonismo. Los abrazos entre ellos no son para amarse, sino para consolarse del engaño y descubrir que, pese a todo, serían capaces de amar a otro y entregarse a él si no fuera por la losa que han lanzado encima sus infieles compañeros y que ellos han remachado con sellos irrompibles.

En nuestra memoria quedará ese abrazo inexistente, el verdadero, el que tenía que haberse producido en aquella habitación 2046 de un hotel que invitaba a la caricia, con su decoración roja, sus cortinas meciéndose por la brisa, seguramente cálida y húmeda del trópico, la misma humedad y calidez de sus cuerpos, plenos de deseo y permanentemente reprimidos, que no se atrevieron a coincidir juntos en la acogedora habitación preparada para ser la primera noche de amor completo entre Maggie y Tony, entre la Sra. Chan y el sr. Chow.