Abierta en canal

Cruzando los límites

 

Antonio entró en el recinto sin preocuparse por el olor y la suciedad acumulada de quienes llevaban dos meses encerradas sin más lavados que la manguera de su cuidador, un hombre enjuto que corría maratones entre los distintos recintos donde tenían encerradas a las víctimas. Les echaba de comer, les ponía agua, las lavaba con una manguera de vez en cuando, controlaba que no hubiera ninguna muerta o enferma y se marchaba corriendo por aquellas tierras escarpadas y boscosas donde nadie venía nunca a fisgonear.

Antonio había venido a elegir a la más bella del recinto. Fuera estaban preparando la furgoneta para mantenerla sujeta durante el traslado. Por fin, llegó el cuidador, sudoroso, con la camiseta en la mano y los pantalones cortos arremangados para combatir aquel calor pegajoso. Por el ventanuco podían verse las nubes espesas y bajas rozando las hojas enfermizas de los robles.

Antonio señaló a una de las víctimas. El cuidador se puso la camiseta por encima del pecho mojado. Cogió una barra de hierro que tenía a mano y entró en el recinto. Aborrecía a aquellas bellezas de piel blanca que solo sabían gruñir. Pero nadie sabe hablar cuando ha estado encerrado toda su vida con la única compañía de su propia mierda y de una veintena de inútiles como ella que solo saben comer y dormir. En aquellas circunstancias, solo podían mostrar dolor y fastidio cuando alguien las interrumpía, y el cuidador lo sentía a través de su piel.

―No le vayas a romper una pierna a la muchacha, que es lo que necesitamos.

―Tranquilo, que no le voy a dejar marcas en las piernas. Pero la crisma es mía.

El cuidador le dio un golpe corto en la cabeza a la elegida para que se apartara y una patada con saña para dirigirla hacia la salida.

―Con lo fácil que hubiera sido enseñarles a comprender las cuatro palabras básicas: quieta, entra, sal y chúpamela, pero cuidadito con morderme o te rompo el alma.

El cuidador soltó una carcajada. Antonio lo miró con asco.

La elegida se dejó llevar a empujones y patadas hasta el exterior del recinto. Apenas tuvo tiempo de respirar el aire tormentoso, de ver los bosques que cubrían la garganta nublada. Con todos aquellos árboles desiguales parecía un coño abierto y sin depilar sobre el que se despeñaba una cortina de agua.

―Una buena corrida ―bramó el cuidador―. Los huevos de la madre naturaleza abiertos en canal ―e hizo como si los desfondara con un corte de mangas.

Tumbaron a la elegida en la furgoneta. Antonio y otro hombre que esperaba fuera le ataron las piernas y los brazos entre sí para que no pudiera moverse, y así quiso esperar su destino. Solo se sacudió una vez cuando el vehículo se puso en marcha y un rayo cayó muy cerca con un fogonazo que le crispó hasta las entrañas.

Aguantó en silencio y con los ojos cerrados hasta que las puertas de la furgoneta se abrieron en una habitación desnuda con las paredes de hormigón sucias y húmedas. Los mismos hombres la trasladaron a una carretilla cuyos costados de hierro se le clavaron en muslos y hombros y la hicieron gemir.

―Vamos allá.

Salieron a un patio apestoso, esquivando el agua sucia de los canalones y se metieron en otro cuarto más amplio. La lluvia restallaba sobre la uralita. Apenas detenerse, gritó porque ya no aguantaba el dolor, el miedo y el suspense que atenazaban su garganta. La respuesta fue rápida. La golpearon de nuevo en la cabeza. Aún aturdida, sintió el calor de su propia sangre derramada en los labios.

―No seas imbécil, debe tener los músculos relajados.

―Pues hagamos un pulpo.

Los pulpos se ablandan a golpes mientras todavía están vivos. Hasta que los músculos dejan de resistirse y se relajan. Luego puedes matarlos y bien hervidos son boccato di cardinale.

―Ya está ―oyó que decía el cuidador―. Tierna como una teta vieja.

―Qué bestia eres. Un buen slogan para el supermercado.

Llega un momento en que el dolor se vuelve tan insoportable que deja de sentirse. Es como si te hubieras roto la columna vertebral. Puedes ver y oír, apenas puedes moverte, a no ser que sea para buscar el escaso placer que subsiste en el extremo de la escala de los dolores, un puntazo y después nada. Esa nada es prodigiosa. Hay que sentirla alguna vez para comprender lo poco que importa la vida cuando esta es como esa nada.

Le clavaron un cuchillo en la garganta y apenas sintió el pinchazo. Empezó a desangrarse sobre el mismo carretón. Le dolió un poco más el gancho que le clavaron en uno de los pies y sobre todo cuando la elevaban para colgarla de un carril elevado, una serie de puntazos casi irresistibles que acabaron por insensibilizarla. Vio cómo los hombres se apartaban mientras el gancho la arrastraba todavía con vida a través de una puerta hecha de láminas de goma que se apartaron a su paso.

Fue como entrar en un escenario. Un teatro de la ópera inesperado. Había decenas de personas trabajando. Se dio cuenta de que había otras víctimas como ella, desnudas, colgadas por un pie a lo largo de un riel bajo el que esperaban un grupo de verdugos alineados con delantales llenos de sangre y grandes cuchillos afilados.

Tuvo tiempo de ver como un hombre grande, subido a una escalera y con un cuchillo eléctrico circular, abría todo su abdomen con un solo movimiento, desde el pecho hasta la entrepierna. Un segundo después, sin dejar de desplazarse por encima del escenario, las tripas caían a peso sobre una mesa, mientras unas manos expertas empezaban a trocearlas, pero el corazón seguía palpitando. Bajó la cabeza y lo vio, quiso decir algo, tal vez gruñir, pero el riel seguía avanzando, y el siguiente en la fila metió la mano en su pecho y acabó por sacarle todas las vísceras. No pudo ver cómo caían sobre la mesa, pero soñó, antes de que se apagara su cerebro, en el corazón palpitante intentando escapar, rompiendo aquella fila de hombres y mujeres que esgrimían sierras y cuchillos de forma imperturbable. Se entregó a un dulce sueño mientras la limpiaban para que reluciera su piel blanca. Enseguida, otra sierra le separó las piernas del cuerpo, con las nalgas incluidas, para llevarla a una feria de ganado en la que sería exhibida dentro de un congelador, y donde un niño la señalaría como ganadora del premio a la mejor canal porcina del mercado.


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