A vueltas con el Informe Pisa

La termita y la palabra

 

Cada cierto tiempo, generalmente coincidiendo con la aparición mariana del Informe Pisa, asoman a la epidermis de la palestra pública los representantes de la gestión educativa con discursos inanes que son, siendo mucho, placas eritematosas de la erisipela liberal que rige su corazón. Así, año tras año, hablan los pastorcitos (inspectores, consejeros, «expertos» en didáctica y organización escolar) del sistema educativo, con el rostro traspuesto porque (a qué dudarlo) han visto levitar el manto estadístico de la hija de Santa Ana y San Joaquín (sobre el olivo de la praxis docente)  y les ha dicho, muy triste, que los niños que educan aún saben reír; que la risa, su risa (cómplice y vacilatoria), es per se demoníaca (a ojos del mercado), que hay que intervenir. E intervienen claro, como Sassoferrato (pincel en ristre) de forma disuasoria retratando a una Virgen (currículos educativos) en perpetuo éxtasis contra la vida buena, contra el buen humor. De ahí la paleta lexical que emplean en el manto: «competencia, currículum, producción, tiempo, organización…» Tonos cromáticos aptos para teñir las canas éticas de un banco, no de un corazón estudiantil.

Cada año es lo mismo y nunca aprendo nada. Unos ven a la Santa Madonna del Codazo, y yo, solo un pequeño delfín de cartón. Nunca aprendo nada, pero me duele que un responsable docente salive ante las cámaras con la palabra «competencia» sobre un hilillo de plata y no mente (ni por asomo) las palabras «crítica», «saber», «pensamiento», «estudio», «tiempo», «gratuidad» e «inclusión».  Me queda el consuelo (por lo demás, parco) de evocar que antaño, además de enfermo, también fui docente y nunca, jamás, eduqué para la competencia. Para apresar un honor. Acaso sí para su gemela: la bella incompetencia. Para la cognitiva «autosatisfacción».

Una vez, estando en la clase, vino la competencia castigada a mi aula por no sé qué desencuentro con el capitalismo (su tutor). Por maldad malsana quise, qué atorrante, sentarla junto a su univitelina: la linda incompetencia de mala reputación. Codo a codo. Mano a mano. Razón a razón. No se lo dije nunca pero la hermana incompetente era más guapa. Mucho más guapa. También más risueña, cómo no. Quizá por eso nunca vi apariciones extrañas encima de un olivo. Cuando PISA descendía sobre nuestro claustro yo pensaba en un verso o azuzaba mis ojos (de eterno alelado) hacia el ramal del viejo radiador. Ya ven dónde estoy ahora. Herido por la vida, temblando y llorando como un jardinero incompetente que no ha visto nunca morir a una flor.


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