A decir verdad

Solo, por favor

 

A decir verdad, he pasado años camuflado entre palabras. No es que hubiera barreras de coral entre los otros y yo; es que sembré regueros de pólvora entre el alba y el ocaso. Más que ríos, arroyos de tinta con la que embadurné mil rostros que no poseo para mimetizarme en la niebla. A veces eran susurros de socorro, otras veces, gritos de inanición. Alguna vez, cadencia de sonidos que me gustaban. Quizá la armonía del músico que nunca fui. La gramática del esteta que se perdió en una noche leyendo a Borges. El horror despavorido de un amante que se negó a amar. Un trozo de esto. Un cacho de aquello. Un pedazo de papel en blanco sobre la pantalla. O nada.

A decir verdad, llego cuerdo al encuentro de dos épocas: la de antes y la de ahora. Siempre llego tarde al futuro. Encerré llaves de azogue en el baúl de la eternidad, absorto ante el precipicio averno. Sí, llego cuerdo, pero malherido. Me sacudo cascotes de sepultura en cada zalamería y en todo atisbo halagüeño, escupo polvo lunar ante los golpes de pecho. Eyecto mi ser infecto cual insecto su vil pus ante cualquier enemigo abyecto. Jamás tendré proyecto en la poesía (ni en el rap). No guardo mal concepto de mí; simplemente, lo acepto: es también cuestión de afecto… ¡Ah, sí! Iba hablando del infierno: atrás queda, en un sepulcro. Como el consejo que nunca tuve: «Escribe y escribe bien, eso sí. Pero sé pulcro». Poeta no, ya ven, pero ocurrente. Y pulcro, o eso intenté.

A decir verdad, conozco el final de mis días. No en conjunto, pero sí el de cada uno: durmiendo a pierna suelta.

A decir verdad, escribí porque tenía ganas de hacerlo. Y es probable que así siga sucediendo. Me pasa lo mismo con la lectura. Somos esclavos del placer que alguna vez disfrutamos. Solo la voluntad vuelve a las cadenas elásticas, mas no flexibles, pues siempre pende la espada de Damocles del goce vivido. De pender. Depender. Depende. Sin más habilidades que interesarme por todo lo que me rodea, tampoco espero mucho de mí; tendré recaídas. Aunque ahora conservo amistades. De esas que no te sueltan, de las que te aman sin más, vaya usted a saber por qué. De esas que también me dejan estar solo, por favor.

A decir verdad, me encojo de hombros sin esperar mucho de nada ni de nadie. Ni de mí. Solía frustrarme ante reveses vitales. Cuando creí que había aprendido a tolerarlo, desperté del error: había aprendido a despreciar la frustración. Tal vez desgraciadamente, también la esperanza. Sin embargo, no he perdido la risa ni el llanto, porque quizá, después de todo, mantengo la curiosidad. Un don que conocí en mi infancia, la mía: ese deseo de conocer qué pasará después (en una hora, mañana, dentro de un mes, pasados unos años…). Ahora bien, con frecuencia sigo confundiendo la curiosidad con la ilusión. Posiblemente, es lo que me mata.

A decir verdad me enseñaron varias veces. Pero mentiría si admitiera que aprendí. Sigo mintiendo jugando a escribir. Se me escapa de vez en cuando, como habrán comprobado al leerme. Pero ya se lo advertí hace unos párrafos: “tendré recaídas”. ¡Bienvenidos de nuevo a mis recaídas en las palabras!


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