Rebelión

Pneumas

 

Los plúmbeos aconteceres en la misérrima reunión de quienes manejaban las sartenes, allanaron a los que nunca pertenecieron al societario consejo y permitieron, así, que las confrontaciones se convirtieran en puñaladas certeras.

Lo que otrora fue vestidura, se antojó entonces como áspera pelleja sin caricia alguna. Envalentonados y ebrios de comunión, esos bajaron sus brazos castigados y clavaron su mirada incendiada en los ánimos de los dueños del conciliábulo, lo que provocó provocaciones probas sin prueba.

Espantados por la osadía, los manejadores del todo acudieron a sus ocultos menajes, a sus inconfesados enseres, atesorados en indecentes aprehensiones. Los rebelados se tornaron muro y resistieron embates y muescas, pese a sus magras grasas.

La gresca se tornó odio y las brusquedades sonaron sordas, palpitando en los adoquines de las avenidas regadas con los fluidos corporales de los sufrimientos populares. El sudor y el sabor ácido de las heridas ahondaron en las diferencias, agudas como agujas.

En el extramuros, los pisoteados alzaron sus barbillas, hasta entonces inducidas hacia el ombligo, para simular un vigor ausente y atemorizar con sus duras ijadas a los herederos de los procelosos amos de los movimientos globales.

Intramuros, quienes ostentaban las grisuras del poder, auscultaban precavidos los aconteceres y los amaneceres castigados por la ira, sin que por ello dejaran de pervertir la dinámica de los miedos con sus bolsillos llenos de influencias.

Cuando cayó el muro y calló el autillo, los plásticos fermentaron en los recovecos de las uñas de quienes arañaban sus necesidades y de las de quienes defendían sus excesos. El tiempo de la rebelión había sonado y nadie pudo predecir cuántas vueltas daría.

Las sutilezas habíanse tornado groseras y toscas, y nada de lo que sucedió recordaba a lo precedente por mucho que unos pusieran vigas para apuntalar las crecientes grietas y otros mascaran sus pastiches como muescas victoriosas.

Sobrios no estaban y el éter de los deseos permeaba en los pellejos de todos para infundir bravuconadas que sostuvieran los valores frente a los temores. Sin embargo, nadie notó que, entre la refriega, alguien fregaba el pis vertido para adecentar el paisaje.

No fue notorio para nadie y ninguna alteración o anomalía se produjo en la hacienda hacendosa de los enfrentados. Nunca fue conocido su empático atrevimiento para remendar parches y enderezar dobleces, quizás porque jamás existió alguien así.


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