Exhumación poética de “Obras completas (y otros cuentos)” (Augusto Monterroso)

Gabinete de labios periféricos

 

 

«Me aterroriza la idea de que la tontería acecha siempre a cualquier autor después de cuatro páginas»

Augusto Monterroso

 

En 1959, a los 38 años, Augusto Monterroso iniciaba con esta obra su carrera literaria, siempre breve e intensa. Guatemalteco, aunque nacido en Honduras, vivió la mayor parte de su vida en México, en un exilio que también lo había llevado a vivir en Chile y Bolivia. Le gustaba decir que «el exilio es uno de los grandes bienes que puede recibir un escritor».

Monterroso es conocido sobre todo por su cuento “El dinosaurio”. Uno de los más breves escritos jamás y que forma parte de esta obra que aquí será poéticamente exhumada: «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí». Pero reducir la obra de Monterroso al dinosaurio es injusto. Si alguien lo hiciera en mi gabinete, estoy seguro de que diversos volúmenes se precipitarían justicieros sobre su cabeza por haber proferido tal memez.

Irónico, fabulista, paradójico, satírico, esencialista, con un borboteante e inteligente sentido del humor, Augusto Monterroso armó un corpus literario a la búsqueda de la ruptura de géneros sin querer nunca enfrentarse a nada ni a nadie. Breve como su estatura («Sin empinarme, mido fácilmente un metro sesenta»), decía que lo que más ansiaba era cuidar a sus lectores y evitar que se aburrieran. Lo consiguió con maestría y genio.

En 2003 moría en su querido México, y cinco años más tarde, su viuda, la escritora mexicana Bárbara Jacobs, hacía donación a la Universidad de Oviedo de todo su archivo y biblioteca personal. Unas cinco toneladas de material que incluían 14.000 volúmenes, cartas, cuadros, películas… Los receptores de esta generosa donación destacaron la pulcritud y el orden con el que Augusto Monterroso había organizado su archivo.

Para exhumar el poema me impongo utilizar los 13 cuentos que incluye la obra. Así, de cada una de sus primeras páginas, elegiré un verso hasta formar este poema que he titulado “Todos le llamaban Tito”, en recuerdo de una ingeniosa respuesta que dio ante los comensales en una cena, cuando alguien le preguntó:

—Tito, ¿y por qué a ti te llaman Tito?

—Es que a mis padres les daba apuro llamarme Monterroso.

 

Todos le llamaban Tito

Tenía los ojos azules.
Como una broma sangrienta
juró consagrar el resto de su vida,
mientras se peinaba,
a esperar la muerte.

La simple tarea del regreso:
el dinosaurio
frente a la puerta,
el piano
más alto del mundo
en carne y hueso.

Y el tren
apareció tímidamente.


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