La última cita (Un cuento a dos manos con Belén Pazos)

Oscuro, casi negro



Mario no quiso mirar cómo se subía las bragas y se abotonaba la blusa. Llegó a la conclusión de que lo más acertado en ese momento sería dejar de respirar para no sentir esa opresión en el pecho cuando ella cerrara la puerta y su eco desapareciera por el pasillo de aquel sórdido hotel. La perfecta araña lo dejaba en su tela hasta la próxima vez después de decirle:  «Lo siento amor, mi marido adelanta su visita y no he sabido reaccionar». Mario no se movió, solo fue capaz de susurrarle entre dientes, “conduce con cuidado cariño”. Valoró la idea de que en el próximo encuentro le ofrecería el corazón para que se lo arrancara como un despojo de la carnicería en que se había convertido aquella relación. Se levantó de la cama y buscó en el minibar para no pensarla. De ser fumador, quizás encender un cigarrillo hubiera quemado la soledad del cuarto entre la bruma del humo. Pensó que son las ilusiones las que empujan la vida, las que nos hacen soñar mientras la vida pasa y nos sobrepasa. Aquella ilusión de ojos castaños naufragaba mientras el alcohol se mezclaba con el sabor amargo que su sexo había dejado en su boca. Intentó invocar a Morfeo, era un sueño vano, sabía que el desamparo de la soledad le haría escoltar la noche hasta el amanecer. Al llegar la mañana, se vistió mecánicamente como un hombre sin alma. En la cafetería un nudo a la altura del diafragma le impidió digerir cualquier alimento y sólo pudo tomar una taza de café. Mario paseó por las calles sin rumbo. Su cabeza lo entendía pero no su corazón. Se paró en la Gran Vía para echarla de menos. Le sobraba la mitad de la cama del hotel, la mitad de Madrid, la mitad de la vida. Una canción de Chavela llegó como un vómito y descargó con lágrimas en la acera… “No volveré”. Desafinó con voz ronca y una mueca que se convirtió en sonrisa. Eso de ir a medias se le daba fatal. «No volver a un amor raquítico, no volver al dolor, no volver a las batallas perdidas, no volver a ser una opción…» Se dio cuenta de que la gente lo miraba como parte del espectáculo. Le echó unas monedas a los músicos. Se alejó hacia Sol porque esa misma noche encendían las luces de Navidad y quería llenar de luz ese nuevo año que asomaba. Por primera vez sintió lástima por ella y por primera vez sintió que ya no la necesitaba. Sonrió tranquilo. Se puede huir de todo menos de lo que se pierde, y ella lo había perdido. Para siempre.

Belén Pazos

 

Julia se fue con cierta sensación de culpa cuando lo dejó en la habitación del hotel. Aquellos encuentros de los jueves por la tarde empezaban a cansarla, llegar, desnudarse, hacer el amor desesperadamente durante un par de horas, una ducha rápida para quitarse su olor, conducir ya de noche hasta casa, la excusa para su marido, besar a sus hijas aún con el sabor de su saliva en la boca, ayudarlas con sus deberes y acostarse, darse la vuelta “estoy muerta cariño” y no poder dormir pensando en cómo le diría que esto tenía que acabar de una manera u otra, que esto no era vida para él ni para ella. Quería a Mario, claro que lo quería, tantas palabras de amor en tan poco tiempo, tanta ilusión cuando se veían, cuando podían escapar juntos un par de días y el mundo se paraba. Pero sabía que él no podía más tampoco, que era un ser sensible y que le estaba haciendo demasiado daño, demasiado tiempo. Lo imaginaba sentado con las manos en la cabeza, bebiendo vodka, mirando por la ventana hasta el amanecer y pensando en ella, en como dejarla sin que la angustia se lo comiera. “Estamos jodidos, hemos creado un vínculo”. De tanto repetir aquella frase como un mantra para ahuyentar la desesperanza acabaron los dos desesperados. ¿Le quería lo suficiente como para apartarse de su cómoda vida burguesa y jugárselo todo en un divorcio contencioso?, porque su marido nunca se lo concedería. ¿Podría convivir con aquel hombre tan sentimental y triste? ¿Qué pensarían sus hijas, tan pequeñas, tan vulnerables? Todas estas preguntas que había evitado poniendo por encima un velo de amor y sexo se amontonaban ahora en su cabeza. Tenía que tomar una decisión y, tomara la que tomara, al final la víctima sería ella. A Mario le haría un favor dejándolo; seguro que ya estaba pensando que la había perdido, lo notó al salir de la habitación, en el silencio que dejó atrás. La vida está hecha de ilusiones que la realidad se encarga de romper una tras otra. La casa estaba en silencio, todos dormidos, una familia feliz. Julia se sentó delante del ordenador con una copa de vino y se dispuso a romper de una vez esa ilusión que le había mantenido la sonrisa en el último año. Brindó por Mario, por ella y porque el futuro no les doliera demasiado. Abrió el Messenger y su amor le había mandado una canción: “No volveré”. Bien, ya no tenía que decir nada. Julia se acabó la botella y se durmió. Seguro que mañana la llamaba para quedar el próximo jueves.

 

Lukas Reig