La cerradura

¡Hale, hale, que es gerundio!

 

Junio de 2019. Tras muchos años en paro, por fin había encontrado un trabajo: vigilante de seguridad en la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre. Tenía necesidad de emanciparme, así que empecé a escrutar los anuncios en los periódicos soñando con, algún día, poder volar del nido.

Era complicado: los precios estaban por las nubes. Pero una mañana, tomando un café en el bar de debajo de casa, donde leía el periódico sin tener que comprarlo, sentí que la suerte llamaba a mi puerta, o a la de mis padres: “¡Chollo!, estudio en zona pintoresca del casco antiguo. 300 euros”.

Quedé a las cuatro con el señor de la inmobiliaria en el portal del que ya imaginé que sería mi futuro hogar y pasé el resto de la mañana con una sonrisa boba dibujada en la cara. A pesar de que ya había cumplido los cincuenta, mi madre se empeñó en acompañarme: “No te confíes”, me dijo sin más.

Según nos adentrábamos por aquellas calles, la palabra “pintoresco” fue cobrando nuevos matices. Una familia gitana merendaba en la calle mientras cantaban dando palmas y el más pequeño de la prole, vestido de marinero, bailaba al compás. Frente a un portalón de madera vieja un señor me dijo: “Manolo, ¿verdad?”

De su bolso sacó una enorme llave de hierro, para abrir el portón de mi castillo (“Odor”, pensé y sonreí). ¿Podría superar el detector de metales de la entrada de mi nuevo trabajo con aquello en el bolsillo? De hecho, ¿me cabría en el bolsillo o tendría que llevar un maletín de ejecutivo para transportar la llave?

Tras varios intentos, dijo: “Está atascada, en el coche llevo 3 en 1, ahora mismo vuelvo”. Mi madre permanecía callada, con la rumba de fondo y mirando con el ceño fruncido al niño de comunión que ahora le sonreía mostrando varios huecos en su dentadura. En cuanto el señor de la inmobiliaria se alejó hacia su coche miré por la cerradura.

Me retiró mi madre de un empujón y le bastaron dos segundos para, con una mano en el pecho, exclamar: “Pero esto es un gallinero, ¿no?” Imagino que el suelo de tierra y las mallas en las ventanas le ayudaron a sacar esta conclusión.