Yo me drogo

Solo, por favor

 

Primera persona de singular de presente de indicativo del verbo drogar. No se me ocurrió otra cosa para pedirle paso al chaval que alardeaba del consumo de sustancias psicotrópicas ante sus colegas, todos obstruyendo mi salida del portal de casa, a las siete de la mañana de aquel viernes. Debí callarme.

¿Eh? ¿Qasdchoejales? ¿Nestásacilando? Praunpoquitanda. Praunpoquito, quevasentrar. ¡Srahijputa! ¡Qamón! ¡Tamosajarngao!… O algo así supuse que quisieron decirme. ¿Eh? ¿Qué has dicho, viejales? ¿Nos estás vacilando? Para un poquito, anda. Para un poquito, que te vas enterar. ¡Será hijoputa! ¡Qué mamón! ¡Te vamos a rajar, pringao!… Más o menos. En apenas cinco minutos inferí que no casan bien las metanfetaminas con el metalenguaje… Hay asuntos donde es mejor que no me meta.

El caso es que no esperaba meterme, sino salir de mi casa para ir al trabajo, al que llegué libre de magulladuras, aunque blanco como la escarcha que rasqué del parabrisas. Tiritando, me topé con la jefa de sección, quien, fría como un témpano, apenas señaló su muñeca para indicarme que el tiempo no se había congelado y que, por tanto, llegaba tarde y me podía olvidar del plus trimestral de puntualidad. Seguí callado.

Quien no se consuela es porque no quiere y tan solo quedaban unas horas para el fin de semana, pensé. Lástima que a eso de las doce se cayera el sistema y hubiéramos de esperar hasta las cuatro de la tarde para su restablecimiento, y, mientras, les diera a unos encapuchados por encañonarnos. También fue una pena que el jefazo y yo fuéramos los únicos con acceso a las claves de las cuentas de grandes fondos. Y más lamentable todavía que el jefazo estuviera desde el jueves en Baqueira poniendo a prueba su rodilla. Por eso no fue extraño que el resto de mis compañeros permanecieran tumbados boca abajo mientras yo era arrastrado a los lavabos. Tampoco me sorprendió la somanta de hostias que me llevé pese a mi premura para darles las claves, pues, para mi sorpresa, no iban. ¡Quién me iba a decir que algún día daría con el mentón en un inodoro! Suerte que, tras más de tres horas y media de dolor extenuante, llegaba la policía y los de los pasamontañas salían por patas.

Ojalá hubieran entrado los polis. Ojalá mis compañeros me hubieran llevado al médico ipso facto además de darme un aplauso como en las sesiones de estreno en las que el héroe se casa con la chica. Ojalá no me hubiera marcado aquel patético reguetón con la chavalada instalada en mi portal aquella mañana y ojalá les hubiera plantado cara.

Desgraciadamente (también), me fue imposible reunirme con Silvia, a quien le había garantizado que esa vez sí hablaríamos para solucionar lo nuestro. Así que, al fin, a las once de la noche, cuando desperté, advertí que había llegado el fin de semana y me pillaba en la cama. Después de todo, supuse una mueca de sonrisa en lo que demonios fuera mi insensibilizado rostro; allí, en aquella habitación de hospital, me encontraba en el paraíso.

Había sobrevivido al viernes.

Apenas hace una semana y ya voy dejando la dosis de morfina. Todo controlado.


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