Ya nadie entierra a sus muertos

Rincones oxidados

Un ataúd costaba 500 gramos de pan; el trasporte del cadáver 500 gramos más y darle sepultura otros 500 gramos. Por eso cuando aquella mañana, en pleno verano boreal de 1942, Peter le preguntó que qué quería por el oboe de su padre recién fallecido, ella contestó: 1,5 kg de pan. Peter bajó los ojos hasta sus propios infiernos, constató que seguían congelados, y los volvió a subir hasta la mirada húmeda de la muchacha.

—“Mariya —le respondió en un susurro suave—, eso era al principio— y con la barbilla señaló el cuerpo del profesor tendido sin vida en la cama con el pantalón ensangrentado, delatando la roedura de la distrofia. Aún nadie le había cerrado los ojos—. No te apures, te ayudaré a solucionar esto”.

Mariya asintió mientras observaba como un trozo de cuero flotaba entre las burbujas del agua hirviendo y dijo como si se dirigiera a la cazuela: “Es verdad, ya nadie entierra a sus muertos”.

Desde luego los pómulos angulosos de Peter no eran los de alguien que dispusiera de más pan que los 125 gramos a los que daba derecho la cartilla de racionamiento. Ni su cuerpo menguado, bajo las ropas raídas, parecía almacenar energías para agredirla y quitarle el oboe de su pobre padre a la fuerza. En cambio, a pesar de que la guerra los había cambiado tanto a todos, su actitud y cortesía eran las mismas de siempre. Así pues, tomó el cucharón, hizo a un lado el cuero que seguía hirviendo y, pudorosamente, le sirvió una taza de caldo inconsistente al muchacho.

Él le dio las gracias sinceramente.

Ella no tenía nada mejor que ofrecer. Salvo el Oboe de su padre.

Leningrado continuaba sitiada, pero ellos tampoco morirían de hambre ese día, el día en que murió su padre, el mejor concertista de oboe, dejándola sola, resbalando hasta los infiernos congelados de Peter.

Aleksandra y su hermana pequeña Alisa carreteaban dos cubos de agua hacia su casa cuando entre la multitud vieron aparecer a Mariya y a Peter. Aleksandra dio por supuesto que el cadáver que transportaban, envuelto cuidadosamente en una tela blanca, era el del profesor. A Mariya ya solo le quedaba su padre, por eso no tuvo que preguntar. Ya nadie preguntaba.

La primavera anterior limpiaron Leningrado. Lo hicieron entre todos. El deshielo dejaba al descubierto las heces y los cadáveres congelados durante el invierno. No podían consentir que las epidemias los mataran antes que los alemanes. Aleksandra recordaba perfectamente al padre de Mariya retirando la nieve, que empezaba a deshacerse, con una pala. Cargando cuerpos sobre los trineos hasta que los trineos ya no fueron suficientes. Ahora era él quien avanzaba, arrastrado por su hija, sorteando los cuerpos de los que se habían caído fatalmente al suelo, solos. Se caían sin más. Ningún transeúnte los recogía, temían que la debilidad no les permitiera levantarse.

Aleksandra, no quería pensar en eso. Inconscientemente, atrajo hacia sí el pequeño cuerpo de su hermana. Tampoco a ella le quedaba nadie más sino la pequeña Alisa, cada vez menos niña. Su Alisa con su carita menguada bajo unas trenzas que no se atrevía a peinar. Se le quedaba el pelo en las manos. Alisa, su vida, su razón de seguir hacia adelante luchando, agudizando el ingenio. Su pequeña Alisa. Su responsabilidad. Su salvación.

—El maestro Eliasberg intenta recomponer la orquesta de Radio Leningrado. Va a dirigir la séptima sinfonía. La de Leningrado. La nuestra— Aleksandra quiere mirar a Peter a los ojos, pero apenas ve una luz dentro de sus cuencas —. Tal vez deberías presentarte, Peter.

—Ése es mi propósito. Mariya me va a prestar el oboe del profesor, ¿verdad Mariya?

Mariya, afligida, no puede retirar la vista del cuerpo de su padre. Tal vez la mortaja no esté lo suficientemente limpia. ¿Qué forma de terminar era aquella? ¡Malditos nazis! La muchacha responde a Peter, sin levantar la mirada.

—Claro, lo importante es el concierto. La Sinfonía. Demostraremos a estos malnacidos que, aunque nos maten de hambre, no pueden con nosotros—. La voz de la muchacha suena como si viniera de lejos relatando un cuento apagado.

—Dicen que la séptima sinfonía sonará por toda la ciudad. Pondrán altavoces para que la escuche todo Leningrado y esos malditos alemanes, también. —Le responde Aleksandra abrazada a la niña sin tener muy claro que Mariya esté en sus cabales. Tal vez no sea solo tristeza lo que ve en su cara. Es el cansancio que da el hambre, y el hambre que agota. Que te vuelve loco. Se oyen cosas. Se dice que los alemanes susurran en ruso como si fueran sirenas para que los soldados soviéticos crucen las líneas y se rindan. Dicen que cocinan muy cerca de las trincheras para que los rusos del otro lado enfermen con el olor y corran hacia ellos, con el juicio vencido, como zombis hasta que les disparan. Uno, dos, tres disparos son necesarios para derribar a un hombre que apenas se tiene en pie, si huele la comida.

Cuentan otras cosas. Dicen que un hombre ha matado a una mujer que vivía en su rellano: la preparó como si fuera un animal e hizo sopa mientras su hija no estaba en casa, cuando la niña volvió le dio de comer y se fue a trabajar. Él mismo lo explicó en el trabajo. Lo fusilaron en el mismo patio de la fábrica. Los rumores te ponen en alerta. Te advierten. A veces la gente sale a la calle y no vuelve. A algunos cadáveres de mujeres les faltan las nalgas, los pechos. Puedes tropezarte con un cadáver sin miembros. Nadie dice nada. Sólo son rumores. La barbarie se oculta. ¿Por qué todo el mundo se calla? Es mejor no andar sola. Es mejor que las niñas no salgan solas. Alina no debe andar sola.

Alina tira del vestido de Aleksandra para llamar la atención de su hermana. La niña señala el cuerpo del profesor tendido, cariñosamente envuelto en unas ropas blancas. Si repara en él pudiera ser…tal vez la forma envuelta sea extraña, tal vez esté incompleta. El estómago le da un vuelco no sabe si es asco u otra fase del hambre. Levanta la mirada hacia sus amigos. Mariya no deja de mirar a su padre y en las cuencas de Peter no encuentra sino sus ojos apagados. La niña no deja de señalar el cadáver.

Aleksandra toma el dedo acusador de su hermana entre sus manos y lo baja. Atrae el cuerpo de la niña hacia sí y se despide de sus amigos. Algunos metros más allá, le susurra, prudente “¡Tshhh, calla!”

Esto, o algo parecido, es lo que sucedió el día en que murió el profesor, el día que Mariya se dejó resbalar hasta el infierno congelado de Peter, el día que, tampoco, ninguno de ellos murió de hambre, un día cualquiera del verano boreal de 1942, mientras Leningrado continuaba sitiada.


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