Vivo en un mundo hecho de escaleras sin peldaños

Isla Naufragio

Testimonio

El deseo de gozar es anterior al hombre, antes de nacer, mucho antes, somos productos del goce, y el goce tendría que formar parte de nuestra vida. De la mía, al menos, que soy yo quien se queja y lamenta porque no es así.

Vivo en un mundo hecho de escaleras sin peldaños. He querido tomar esta frase para titular mi testimonio porque ilustra gráficamente mi penoso deambular por la vida. La vida es un gran edificio y la mayoría de las cosas que nos importan no están en la planta baja. Y hay que subir. Al primero, al segundo, al ático. A la terraza con vistas y soleada. Y hay gente que tiene ascensores. Y esos suben y bajan sin esfuerzo. Y otros tienen escaleras. Más o menos. Y se arreglan y son felices. Y hay los que, como yo, tenemos un edificio a medio hacer y nuestras escaleras no tienen peldaños. Y así no se puede gozar ni ser feliz.

Dice Aristóteles que la duda del espíritu conduce a la manifestación de la verdad, y eso, Aristóteles, no es cierto. Si fuera cierto, yo, que siempre dudo, habría encontrado la verdad. A mi manera. O sea. Porque encontrar la verdad significa que encuentras soluciones. Y yo no las he encontrado porque sigo aquí, en la planta baja, imposibilitado de subir sin el peligro de romperme la columna vertebral.

La columna vertebral está formada en los adultos por treintaitrés vértebras separadas por discos que sirven para mantenerlas unidas. Todas estas vértebras unidas forman la columna vertebral, que va desde la cabeza hasta la pelvis, resultando así la estructura principal de mi esqueleto, o sea de mi cuerpo, o sea de mí. Con esto quiero decirles que la columna vertebral es muy importante y el temor que tengo a descalabrarme es lógico y razonado. Y otra cosa, tanto en el hombre como en la máquina, mecanismo complejo significa vulnerabilidad, y mi columna y yo somos complejos y por tanto vulnerables si no se dan las condiciones de seguridad aceptables.

“Nadie le teme a la fiera, que la fiera ya murió, al revolver una esquina un valiente la mató”, dice la jota, sí, pero yo no hablo de fieras, yo hablo de escaleras sin peldaños, escaleras que, ahora me doy cuenta, no pueden ser escaleras porque no tienen peldaños, son rampas, rampas tan inclinadas que se convierten en fieras que amenazan mi columna vertebral.

Una rampa asesina se convierte en escalera salvadora por medio de peldaños. Una soledad manifiesta se convierte en compañía aceptable por medio de sonrisas. Una vida precaria se convierte en vida con futuro por medio de oportunidades. Y para todo se necesita valentía. Para matar a la fiera, que la fiera no murió, al revolver una esquina de una rampa se cayó. No la fiera, no. Yo. ¡Ay! O sea yo.


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