Vamos llegando a la muerte

A veces digo cosas

 

A la abuela Carmen, que nadie se olvide de la abuela Carmen.

A la muerte se puede llegar de muchas maneras. En mi familia las hemos probado casi todas, somos de naturaleza curiosa. Quizás somos sólo de naturaleza y lo demás viene forzado. Aunque, sin duda, la que mejor se nos da es la heredada, por tristeza o por derecho. Asumir la muerte como parte de nuestras vidas y la muerte de los nuestros como propia. Heredamos muertes, quizás ese sería el término.

Mi abuela ya no se quitó el luto después de los fusilamientos. La derrota se quedó ahí guardada, como si de ella dependiéramos y pasó a formar parte de nuestro ADN. Porque estas cosas pasan, los genes se modifican al antojo de las circunstancias, da igual lo que diga la ciencia al respecto. Mira si no esas casas donde todo lo impregna la tristeza absoluta, los hijos ya les nacen tristes, bebés anti natura que no son capaces de sonreír ante ninguno de los estímulos grotescos a los que los exponemos los adultos. O los nacidos en familias buenistas, donde la armonía y la cooperación democrática les impulsa a hacerlo todo con un bello consenso que flota entre canciones y susurros. Sea lo que sea que hagan esas familias y sus hijos, por ende, son así también, gente de esa de la que no te puedes fiar.

A mi abuela le mataron a su hermano, mientras su hermana, su padre y su marido perdían la confianza en el ser humano en unos lúgubres y misteriosos años de cárcel. En ese impasse, diminuto en el tiempo de la especie pero eterno en nuestra familia, a ella se le murió una hija de apenas año y medio y parió un varón muerto y la sangre en el cuerpo todavía vivo de su hermano y la pena conmutada en un cajón y sus sobrinos a su cargo y las monjas que… que malas son las monjas. Luego cuatro hijas más que heredarían nombres cargados de responsabilidad, no se le debería hacer eso a una niña. Y ya es bastante la miseria y ya no podemos escaparnos. Esa es nuestra especialidad de muerte familiar, la derrota. Sin olvidar el silencio que se desencadena después, que es otra forma de muerte, mucho más dolorosa y mucho menos efectiva.

A mí me gustaría morirme de golpe, tener ese privilegio, como los conejos criados en los patios antiguos. Un golpe magistral y potente que me separara el cuello y me desgarrase los nervios en una fracción de segundo y no me dejara pensar que todavía tienen una deuda pendiente conmigo, con mi familia. Como los mataba mi abuela, como los criaba mi abuela. Seres simples y completos. Eso: si he de morir, como he de morir, exijo que sea aceptando la muerte como lo hacían los conejos que mataba mi abuela. Un ejercicio de justicia poética y social y dejar de vivir las muertes pasadas, sólo, en todo caso, permitirme el lujo de luchar por ellas.

Pero no debo obsesionarme, sé que puedo morir también por la costumbre adoptada en la rama paterna, que son más de sembrar la necesidad de abandono, de incomprensión, de un extraño individualismo que une a supervivientes en una especie de tratado que compendia todo lo asocial. Pero claro, esto ya sería otra historia.


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