Vagamundaje

Chamanita Muskaria

 

(…) en un viaje perpetuo.
W.W.

 

Mi bisabuelo habitaba un rancho en sierra Morena,
mi abuelo construyó una casa mutante,
mi bisabuela hablaba con los ausentes,
mi madre escribió algunas de mis células,
yo celebro cada gemido, cada lágrima, cada gesto.

De pequeña tuve una visión: mis pies se elevaron en raíces aéreas,
mi mirada se expandía por el Cosmos,
se enramaba por encima de las cópulas de otros árboles,
–sí, de las cópulas–
y millones de pájaros de colores
estallaban en canto.

Cuando jugaba a ser bruja bajo el almendro:
recitaba abracadabras a las margaritas,
hacía pócimas con barro, telas y piedras
en una olla gastada de mi abuela
y me quedaba absorta con el diseño de las telas de araña de las tomateras.
No dudaba de la magia, la hacía con mis manos de niña.
Cuando el deseo me incitaba a subir por las ramas
para verlo todo desde arriba
la magnitud del terreno se abría en cerezos, higueras y palosanteros,
y la pequeña salvaje teñía de rojo mis rodillas.

Entonces, me poseía el sueño del vuelo:
viajar con Birdy –el periquito– por el globo.
Y casi lo hice. Y lo celebro.
He visto lugares que parecen postales (más que postales),
antros de vicio y sana perdición,
infierno, miedo y temblor en los pasillos de varios hospitales,
iglesias donde sacrifican gallos y el suelo es de pinaza,
casas encantadas con columpios de caucho en el patio,
mercadillos infinitos, esotéricos, aserpentados,
soledad y rabia, mucha, en mis paredes de adolescente punk,
habitaciones de hotel con jacuzzi y papel del wáter con forma de cisne,
cataratas con ojos de serpiente coral,
salinas de agua roja en rías de lagartos,
cocinas de leña donde mi familia canta flamenco al lao de la lumbre,
miradores del Carmelo que se parecen a barrios de Caracas,
camas de amantes con restos de savia y luna,
tormentas eléctricas con relámpagos con sabor a ron en Oaxaca,
hoteles de mil estrellas en las dunas de Merzuba,
sofás con pulgas y gatos que sonríen al revés,
volcanes acuáticos en Nicaragua,
bares Manolo y el bar Pepe de mi barrio donde hacen un salmorejo de lujo,
balnearios escondidos en los parajes de Guatemaya,
bibliotecas de casi cada pueblo donde he estado más de un día,
el árbol del Tule y muchos árboles más
que me susurran:
las raíces son tus pies,
la contemplación es don sagrado
que mana desde dentro
en viaje perpetuo.


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