Vaciando el odre, inaugurando la charca

M de Mirinda

 

Al finalizar un año, un año cualquiera, acabo saturada, incapaz de disolverme más en mi propio jugo. Mas, gracias a un auto inducido mecanismo de supervivencia e higiene vital, propio de la narradora underground en que me he ido convirtiendo, en enero soy capaz de: vaciar el odre repleto con la cosecha líquida del año pasado; embotellarla, hasta la última y más renuente gota, en la memoria, con etiquetas burbujeantes; drenar, a conciencia, mis fondos marinos y hacerme el favor de observar, y contar, lo que queda a la vista.

¿Los veis? Mirad, ahí están mis vastísimos espacios en blanco para el 2016, que incluyen pronunciados precipicios e infiernos inextinguibles. Sobre ellos navegaremos o, una vez que naufraguemos, serán hermosos pecios entre los que podremos caracolear.

Afortunadamente, durante la tregua de enero, esos precipicios, esos infiernos revelados aparecen colmados o extintos, según sea el caso, pues los cubre tierra nueva o, al menos, escombros viejos y, así, puedo permitirme la ilusión de pisar suelo firme e igualado, ideal para iniciar andaduras a una velocidad digna y prometedora. Aunque sea en el fondo seco de una charca.

Con mi M de Mirinda grabada a fuego en mis botas Doctor Martens, las de recorrer la ciudad para contarla, desde los primerísimos pasos de enero, sé que pronto llegarán las gotas implacables: algunas son de agua recurrente, capaces de disolverme y también de hidratarme; otras son gotas de combustible acelerador, capaces de resucitar viejos fuegos, que me confieren la energía de la llama anaranjada, o me consumen, o me reducen.

Vuelve lo líquido a fluir, vuelve la necesidad de flotar o la de sumergirse. Se empieza a rellenar la charca primigenia, que puede llevar al océano, por extraños vericuetos de vasos comunicantes.

A partir de ahora, en sucesivas oleadas de textos, romperé aguas, y pariré, para este compartimento estanco que lees, “M de Mirinda”, algunas reflexiones sobre cómo mantenerse a flote: en general, en la ciudad, en los mares, en las charcas… y sobre cómo sumergirse, o ahogarse, o vivir para contarlo.

Son múltiples las posibles tablas de salvación. Una de ellas es crear sin cesar textos, orales o escritos, que una vez rematados en el dique seco, inicien singladuras por el aire del riguroso directo o por las aguas de charcas literarias o de otros medios acuáticos que la cultura líquida de la era de Internet hace posible.


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