Utilitas, firmitas, venustas

El martillo pneumático

 

Utilitas, firmitas y venustas (utilidad, solidez, belleza) son los principios clásicos de la arquitectura definidos por el arquitecto romano Marco Vitrubio. Con piedras y con estos principios se han levantado muchos edificios al servicio del poder. Cuando éste, con más o menos ilustración, ha sido sensible a los principios vitruvianos, los resultados obtenidos han sido plausibles porque:

1) la arquitectura ha cumplido la función que tenía encomendada –utilitas-
2) ha sido sólida y bien construida -firmitas-
3) ha satisfecho los cánones de armonía y proporción -venustas-.

Desgraciadamente, el lema de Vitruvio que define los principios fundamentales de la arquitectura se ha ido trastocando a lo largo de las diferentes épocas históricas.

La pérdida de las cualidades fundamentales de la arquitectura ha sido motivada por la mala práctica de muchos arquitectos y también porque el poder político o económico solicitaba de aquellos cualquier otra cosa que nada tenía que ver con la utilidad, la solidez y la belleza.

Ante las perversiones de estos tres principios fundamentales siempre me mantengo en estado de alerta y sospecho.

Sospecho primero, y después me convenzo de ello, que detrás de la perversión se esconde, no sólo una incapacidad profesional o artística del arquitecto, sino algo más grave: el interés inconfesable del poder que se oculta tras una gran campaña propagandística destinada a encubrir movimientos especulativos o levanta una cortina de humo que enmascara la soberbia de aquel que ha hecho el encargo, del promotor.

Sospecho primero y temo después que los principios de utilitas, firmitas, venustas no se conviertan en luxury, show-business, vanity. Aquí la arquitectura cambia de idioma, del latín pasa al inglés, y dadle aquí la significación que queráis.

En efecto, la arquitectura debe ser útil -utilitas –, debe responder perfectamente a la función que tiene encomendada y servir a las necesidades del hombre. No vale trastocar la utilidad por el lujo y construir grandes edificios insostenibles que hacen gala de derroche de energía y dilapidación de materiales. Son monstruos que se lo comen todo y con chulería enseñan su piel lustrosa de muros cortina de vidrio y titanio.

Tampoco se debe sustituir la solidez -firmitas- por el espectáculo efímero y temporero de una arquitectura de bambalinas que se ha levantado al servicio del negocio inmobiliario o mediático. Cuando esto ocurre, contemplo las fachadas y pienso en la durabilidad y en la vida útil del edificio, ¡cuán caro es mantener este espectáculo!, y me entran escalofríos calculando el mercadeo que produce el show-business de la arquitectura.

Contemplamos a menudo cómo se ha pervertido el principio de belleza -venustas- que constituye uno de los fundamentos naturales de la arquitectura. Vemos cómo con demasiada frecuencia se trastocan las medidas y las proporciones adecuadas por la megalomanía y por una originalidad mal entendida. Se sustituye la belleza de la obra arquitectónica por el engreimiento del arquitecto histrión y por la vanidad de quien hace el encargo, quien, el día de la inauguración de la obra, reclama la fotografía junto al arquitecto de campanillas.

Y la originalidad, ¿qué valor tiene la originalidad?
¿Las audacias geométricas o estructurales sirven para algo?
¿O son sólo una complicación cara, grosera y difícil de construir?

Todo esto es sólo un puro espectáculo que surge detrás del telón pesado de una sociedad opulenta.


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