Una carta imposible

Ultramarinos y coloniales

 

Querida Diana:

 

No insistiré más porque ya veo que te dejarías matar por seguir con él, así que hemos decidido que te ocurra un “inevitable y desgraciado accidente” a la vista del mundo, de forma que podamos enterrarte para siempre como deseamos todos, empezando por ti. Despreocúpate. A partir de ese día ya no serán problema los periodistas e investigadores, pero procura el mayor sigilo cuando recibas instrucciones de los más cercanos: familia, servicio y amistades. Ya está lista toda tu documentación, emitida legalmente en ese país. Cuento de antemano con tu complicidad, pues con tu muerte ganaremos todos, especialmente tú.

Ahora, querida, soy capaz de ponerme en tus zapatos y comprendo que mi hijo no haya sido el marido que esperabas y que las condiciones tan peculiares de nuestra familia y profesión hayan terminado por amargarte la vida, así que justo es que ahora yo te conceda la muerte. Te juro ante Dios que se tomarán las medidas más extremas con el fin de garantizar para el resto de tu vida el anonimato y la tranquilidad que hoy te parecen imposibles.

Toda gracia te será concedida; solo tienes que renunciar a tus hijos; has cumplido sobradamente todos estos años y ya no te necesitan, ni tú a ellos, y ahora no son tanto tus hijos como mis nietos. Para ti será doloroso renunciar a ellos, ya lo sé; para mí es imposible, de sobra lo sabes. A cambio de tu muerte exijo sin objeción que no cometas la tontería de comunicarte con ellos en ningún momento porque me pondrías en muy doloroso aprieto. Confío en que tus ganas de vivir puedan más que todo tu instinto por recuperarlos.

Desde hoy tu tranquilidad y la mía deben ser la misma: que nadie pueda sospechar que una vez fuiste madre de un futuro rey.

Tuya afectísima,

Quien Tú ya Sabes

 


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