Un «mal» día

Susurros a bocajarro

 

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Amanece y lo sabes:
Hoy va a ser uno de los malos.
–O uno de los que no son del todo buenos– grita desde la esquina superior derecha del bulbo raquídeo el obstinado yo bonito.
Pero hoy te habla en una lengua extranjera.

Hoy va a ser uno de esos días en los que percibes los límites:
La duración finita de una conversación emocionante en todos los sentidos.
La medida de la cualidad de incondicional de un afecto.
La obsolescencia programada de la pasión que te despiertan esos ojos
y de la que los tuyos serán capaces de despertar hoy
o mañana
o ayer.
La batería
–¡recargable!– lo intenta de nuevo el yo de los labios pintados.
La batería –te repite el yo que manda hoy– que inviertes en los sueños palpados a ciegas que recuerdas viables después del desayuno.
Las posibilidades,
tan cuantificables que tienen incluso decimales,
de lo probable.
La esperanza de vida de la verdad que encierra todo lo que digas
o que escribas
o que pienses.

Amanece y lo sabes:
Hoy va a ser uno de los malos.
–Y los habrá mejores, y peores; y pasarán uno tras otro, hasta que llegue el último, y, si tienes suerte, no sabrás que lo es– dice, sin temblarle la voz, el yo sin pintalabios, ni tacones, ni imaginación.
Y hoy, como es uno de los malos, le habrás dado la razón.

En los días como este reconoces los límites:
sabes que los días terminan cada noche.

En cuanto lo recuerdas, todos los yo se miran de reojo,
y se sonríen, desde una comisura hasta la contraria.

 

Fotografía de Susana Blasco.


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