Un día de pesca

Oscuro, casi negro

 

dia de pesca

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Era una tarde preciosa. Habíamos ido a pescar lucios al pantano y estábamos lejos del campamento. Ella y yo solos en la barca. Salíamos hacía dos semanas, dos semanas en las que llegué a creer que era la mujer de mi vida. Había soñado todo un futuro para los dos. Lancé un señuelo de vinilo rojo y lo agité por la superficie. En ese momento ella se levantó, tropezó con un remo y cayó al agua. No llevaba el chaleco salvavidas, nadaba de pena y llevaba unas botas de montaña algo pesadas. Gritaba sin parar, el agua le iba entrando por la boca y la nariz, su cabeza desaparecía bajo del agua y volvía a subir. Y a gritar. Al final sólo vi sus manos, con los dedos muy abiertos y engarfiados, como intentando coger aire o asirse a la nada, hasta que el agua se las tragó dejando un remolino oscuro. ¿Que por qué no hice nada? Preguntadle al tipo que se la estaba tirando en el bosque la noche anterior mientras gritaba con esos mismos chillidos que acababa de oír. Quizás influyó que no me había tomado las pastillas.

Siempre será mi mujer y nunca faltarán flores en su tumba.

Fotografía de Jorge Borges.


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