Un amor, otro amor, el mismo amor

La termita y la palabra

 

Hay palabras que encierran en su piel su genealogía.
Uno dice Mar y siente en cada letra tormentas y batallas,
ínsulas, acantilados, promesas, circunnavegaciones:
los gritos munchianos de todas las Atlántidas,
los versos de Auden, los silencios de Homero.

Uno dice Amor y cata sin remedio
la llama furtiva que embriaga al deseo,
la feminidad rosada de las cavernas platónicas,
la timidez esférica de la manzana newtoniana,
la eternidad silvestre de la fugacidad.

Uno dice Ayer y enhebran, las lágrimas,
la flor de una galerna al pie de Caravaggio
y es tarde y hace frío y ama a una muchacha.

Y esa muchacha es catedrática
de literatura griega. Y tiene algunos años.
Y no sabe tu nombre. Tú, apenas dieciséis.

A su lado en la mesa,
esperas que el tiempo
abra su micrófono y la deje recitar.
Tú ya has hecho lo propio
y te ha sonreído.

Qué bella es.
Y van cayendo los versos
de su labio a tu oído.
Su deje andaluz
deja sin hojas la rama herida
del escalofrío,
pétalos azules que son Aristófanes,
la música y el viento.

La enagua de la luz
levanta sus misterios y todos aplaudimos.

Y le pides un autógrafo
para tenerla cerca. Y ella te sonríe.

Te sientes pequeño. Ese lector
que crece sorbiendo la leche
de las sirenas de Andersen.

Y en tu pequeñez delgada
una adolescente se acerca a ti,
te pide el teléfono, una copia, quizá,
de lo leído. Te quitas importancia.
Todo el mundo es poeta a los 16 años

La muchacha andaluza
dice no sé qué sobre la joven poesía.
Esquilo, a su lado, acaricia tu voz
y tu silencio. Te gusta su perfume.

Y abres los sueños. Comprendes,
sin saberlo, que escribir poesía,
leer a Schiller, conferenciar en público,
no cicatrizan 20 años de separación.

Y concluye el primer día triste
del resto de tu vida.
Y regresas a casa en el coche de tus padres.
No es la primera vez que van a recogerte tras un recital.

De camino a casa,
todos los taxis son navajazos en marcha hacia el aeropuerto.
Tacones gualdinegros en el quebranto
de una mirada muda.

Y te dejas morir.
Eres un poema que nadie escribirá.

Al día siguiente, las manos trémulas
de la casualidad, sostienen la crónica
y un ardiente periódico. En página par,
allí donde redacta sus delirios
la última menstruación de la luna,
han sacado tu foto hablando a una muchacha.


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