Tonto impulso

Lógica (pati) difusa

 

No intuía Fulgen (Fulgencia) que la lectura proporcionara tantos beneficios estéticos. Si lo  hubiera sabido antes, cuánta pasta y sinsabores se habría ahorrado. A Fulgen, ingeniera agrónoma de profesión, en la actualidad desempleada de larga duración, la lectura por placer, sin utilidad ni beneficio inmediato, le pareció siempre una pérdida de tiempo que sólo podían permitirse los ociosos adinerados o, simplemente, los vagos.

Es bien sabido que llega un día en el que las certezas que han orientado nuestros actos se esfuman, y casi siempre por circunstancias banales que demuestran cuán equivocados estábamos y la endeblez y superficialidad de nuestras creencias. El día D de Fulgen ocurrió un martes, la hora H, las tres de la tarde y el lugar, un supermercado cualquiera. Sin titubear compró un libro, el primero que palpó su mano, sacado de un cajón de todo a 1 euro. Le gustó por el grosor y el color de la portada, amarilla; era ideal y quedaría perfecto para calzar la mesa de la cocina, pintada de color amarillo limón.

En cuanto llegó a casa, el libro fue a parar debajo de la pata coja de la mesa, Fulgen observó que, si bien la mesa había dejado de cimbrearse, persistía un ligero temblor en cuanto le ponía la mano encima. Dispuesta a sacar provecho del euro gastado, tomó el libro y calculó cuántas páginas debería arrancar para que la cuña ajustara bien. La mutilación alcanzaba hasta la página 174. Ese acto fue su perdición: arrancó de cuajo las treinta páginas sobrantes y, en vez de echarlas a la basura, los ojos se le fueron al siguiente párrafo, que leyó en voz alta: el poeta, como un gallo fogoso,  parece batir las alas para prepararse al estallido de la supuesta inspiración.

Pensó que era una frase muy estúpida, un sinsentido, pero continuó leyendo. Le siguió un impulso impropio de ella: descalzó la mesa para recuperar el resto del libro. Con él ante sus ojos, víctima de un estado de fascinación, quiso leerlo de principio a final. Acomodó el libro en la bicicleta estática y empezó a pedalear. Leía a saltos, una palabra de cada línea hasta que llegó a la página 75, kilómetro doce. Descubrió que esa técnica no perjudicaba la lectura, al contrario, clareaba el entendimiento y la trama. Favorecía la comprensión del nudo y del desenlace. Además, se divertía y aprendía con cada pedaleo y su correspondiente palabra: albores, desbrozar, alma, voy, acongojado, lluvia, aleteo, lenguado, natillas.  ¡Doce kilómetros! Como si acabara de atravesar el Tourmalet un mediodía de julio, se echó al suelo, sudorosa y con el corazón palpitante, besaba el libro, reía y lloraba al mismo tiempo, entre lágrimas y mocos se decía a sí misma:

-¿Te das cuenta, Fulgen? Por primera vez he pedaleado doce kilómetros, calculo que he perdido medio kilito de grasa abdominal al tiempo que he ganado en vocabulario. ¡Bendita literatura!


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