Spaghetti

Oscuro, casi negro

 

 

Todas las mañanas preparaba un plato de pasta esperando que su marido volviera.

Pasaron los años y seguía mirando por la ventana, viendo mudar las estaciones en su jardín y cómo las hierbas iban apoderándose del camino de entrada, hasta que todo fue una alfombra verde que nadie pisaba.

Un día apareció un hombre, un hombre joven que le pidió trabajo o comida. Ella casi ni se acordaba de hablar, y le resultó reconfortante una voz masculina resonando en sus paredes. Logró articular unas palabras diciendo que le limpiara el jardín y le daría de comer y hablarían. Él se puso a la faena, cogió las herramientas de su esposo del cobertizo y empezó a podar, cortar, desbrozar y amontonar ramas y hierbas en un rincón alejado del terreno. Su pelo negro brillaba como el ala de un cuervo a la luz del sol, su piel relucía por el sudor y las gotas le caían por la cara y el pecho desnudo. No podía dejar de mirarlo, sentía que algo le quemaba por dentro y se puso en la ventana, bajó su mano hasta su sexo y se imaginó ese cuerpo sudado encima del suyo y ese pelo negro encima de su cara.

Fue su primer orgasmo desde que era la única habitante de la casa. Al momento se sintió sucia, impura, y sintió que había traicionado a su marido y que por eso ya no volvería y que aquel hombre era el mismo demonio. Dejó que acabara la faena. Le volvieron a entrar temblores cuando le vio duchándose con la manguera al lado de los rosales. Se reprimió y empezó a preparar la salsa para la pasta.

El arsénico se disuelve bien en la salsa de tomate con especias y picante. Él se durmió para siempre en la misma silla en la que había comido, con la cara pegada al plato de spaghetti y sus brazos apuntando hacia el suelo. Lo arrastró hasta el montón de madera y hierba seca, vació una lata de gasolina y le prendió fuego con una cerilla. Luego enterraría los restos al lado del manzano.

Subió a la cocina, reluciente por las llamas y expiada de su culpa. Tenía que hacer más pasta por si aparecía su marido y traía gente a cenar. Siguió mirando por la ventana.


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