Soy el que soy

Solo, por favor

 

Pasé una tarde divertida tratando de recopilar diversos apuntes anotados en diferentes fechas y soportes: desde apuntes (propiamente dichos) de la carrera, hasta algunas ideas arriesgadas que había ido registrando en recortes de papel de toda índole desde mi pubertad. Seguramente muchos han vivido esa atmósfera recreada con retales dispersos del pasado, ese ambiente de neblina en que la indagación va llevando a una niebla irremediablemente más densa. Fue maravilloso releer pensamientos que ya tengo superados. Pero lo verdaderamente intrigante fue dar con un folio manuscrito a boli azul que comenzaba con un rotundo título: «Dios o la gramática que lo parió». Paso a mostrárselo y después les daré mi opinión al respecto. Ahí va:

Cuando me preguntan, suelo aludir a la fluctuación del vacío cuántico, fuente de tantas maldades y bondades que padecemos y disfrutamos. Pronto llega el «¿nada más?» y sentencio: «Naderías». No es que me moleste la imprecisión del término «nada». En absoluto entiéndanme. Es un término que restrinjo a colecciones claramente determinadas, como, por ejemplo: «Nada en mis bolsillos» como oposición a «nada en la abundancia», referido a otro individuo—. Entiendo que son naderías porque estimo más importantes otros ruegos y preguntas. A ver, que tampoco me voy a molestar si cualquiera de ustedes eleva sus plegarias preguntándose por el sentido de su existencia o de la existencia en general. Y tampoco es que no me competa en mi natural deidad. Pero, no sé, creo que puedo serles de mayor utilidad si les procuro esperanzas alrededor de respuestas más mundanas: apaciguar un dolor crónico, bendecirles con oropeles hasta el final de sus días o, qué sé yo, embriagarles de esa sensación de sentirse amados.

Si lo piensan un poco, comprenderán que, hagan lo que hagan, van a morir, pero que, ya que son conscientes —o eso creen— de su paso por este… —¿cómo nombrarlo?—… este… ¿Universo? —en una palabra—, ¿por qué no sacarle partido? Bien, pues para eso me tienen.

O para eso me han creado.

Otra cuestión que debo aclararles es que me resulta indiferente donde se adscriban. Es más, ¡como si deciden no adscribirse a religión alguna! Es lógico: cualquiera de ustedes padece de esas fisuras inexplicables por las que sus pensamientos son deficitarios. Para eso creen en mí y para eso me crean. ¡No vayan a pensarse que la ciencia es la panacea! Entre ustedes, son los hombres y las mujeres de ciencia quienes mejor saben que no pueden asirse con seguridad a esos parches con que van cubriendo esas fisuras epistemológicas. No les estoy proponiendo que duden de todo. ¡No, por favor! No obstante, se harían un favor si huyeran de fervores colectivos. Lo cual no les lleva a decirse monoteístas, animistas o como quieran. Sus oraciones serán tenidas en cuenta de todas formas y no me inmiscuiré en sus querencias. Ahora, eso sí, absténganse de reproches sobre peticiones análogas a las del credo rival, si las hubiere.

Volviendo al origen, saben bien que las palabras las carga el Diablo, que sabe más por viejo que por diablo. Sí, es una confusión extendida la de tratar de basar el origen de todo en un instante inicial. Habrá cosas que sí; pero todo, en absoluto, como empecé diciéndoles. Solo tienen que imaginarse que antes de nada —bueno, eso que llaman nada— es posible que ni siquiera existiese el tiempo. Por lo cual la propia expresión «antes de nada» carecería de sentido, salvo el que ustedes quieran otorgarle.

Bien. Hasta ahí el texto que les indiqué al principio. Sí, me sentí tan desconcertado como ustedes nada más leerlo. Además, no puedo más que aventurar un contexto aproximado de cuándo y en qué vericuetos andaba cuando lo escribí. Estimo que debió de ser en alguna de aquellas sobremesas en que esperaba que Claudia despertara de su siesta.

¡La pobre! Apenas tenía tiempo para comer antes de regresar de nuevo a la tienda de los suegros. Emilio, su marido, no era mal tipo, pero Claudia decía sentirse fuera de esa relación desde hacía tiempo. Solía venir a comer uno o dos días entre semana. Recuperamos el contacto desde que coincidimos en una fiesta de antiguos alumnos. Nos habíamos conocido en el segundo año de facultad y, desde que acabamos, no habíamos vuelto a saber nada del otro. En los pocos meses en que habíamos recuperado el contacto tuvimos tiempo para ponernos al día: ella estuvo viajando por medio mundo, «abriéndose a nuevos horizontes», hasta que tuvo «la iluminación de sentar cabeza». Conoció a Emilio, al poco se casaron y ella empezó a echar una mano en la tienda de antigüedades de los padres de su marido mientras este viajaba adquiriendo objetos insospechados como si no hubiera un mañana. Si el negocio familiar era un desastre con el sobrevenido síndrome acaparador del marido o si, realmente, Claudia había perdido la chispa de la relación, nunca lo sabré a ciencia cierta. Pero es seguro que Claudia quería salir de allí y se consumía entre la culpa y la compasión.

Por aquel tiempo yo trabajaba para el Ministerio. Estaba tan soltero como ahora y, la verdad, poco sabía de los intríngulis de las relaciones de pareja. No es que fuera un monje, al contrario, pero no me interesaba profundizar en esas cosas del amor (y menos del desamor). Sobra explicarles, por tanto, que Claudia y yo fuimos excelentes amigos y nada más, salvo un poco de sexo en alguna sobremesa. Pero nada más.

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Fue limpio. Como cualquiera otra de las misiones que me encomendaron: Emilio falleció en accidente de tráfico; un fatal (e inesperado) fallo de los frenos en la sinuosa bajada de un puerto. Tras el luctuoso suceso, volví a encontrarme con Claudia tan solo una vez más: dejaba la tienda y retomaba su faceta de trotamundos.

Ahora, si leen entre líneas y sopesan los hechos narrados, comprenderán de dónde partió mi vocación de lobo solitario. Así es, hagan lo que hagan, van a morir. Yo también, así que ¿por qué no dedicarme a lo que me llena realmente? Asesino a sueldo. Sí señor, ese soy yo, sin adscripciones.


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