Sin palabras en la ciudad

Perplejos en la ciudad

 

La vidente del barrio se vio obligada a aprender inglés para poder sobrevivir en la zona más turística de la ciudad, donde ya casi nadie hablaba en castellano, a pesar de la insistencia de los amigos españoles; ni en catalán, a pesar de los amigos de la inmersión lingüística. Se había quedado sola y sin palabras, viviendo del aire y de las visiones, en su barrio, en su ciudad natal.

Debía aprender inglés, le aconsejaron.

Hablaba y escribía mal su lengua natal, la catalana, por culpa del desastre que hubo hace tiempo en aquel país, en aquella ciudad.

Hablaba y escribía mal la otra lengua, la española, por culpa del mismo desastre.

Sola, extraña, una extranjera en la escalera de su propia casa, chapurreando ahora palabras en inglés con los nuevos vecinos, que la ignoraban.

Olvidaba cada vez más las palabras de su lengua materna, así como las palabras de la otra lengua, la hablada en las escuelas y calles vigiladas por aquellas parejas de policías, con abrigos y trajes grises: del silencio impuesto en la escuela y en la calle por la autoridad del gris, al silencio impuesto por el imperio del turista y la sangría. Debía aprender inglés, le aconsejaron, y aprenderlo enseguida, cuanto antes, si quería sobrevivir en la ciudad.

Sola, extraña, extranjera en su propia casa, en la calle, en la ciudad, donde ya no era posible pedir ayudar a nadie, ni gritar “socorro” en caso de peligro: de nada serviría, nadie entendería las palabras, las suyas, aquellas palabras que aprendió a decir y a escribir mal desde la infancia pero que, pese a todo, eran sus palabras, las palabras de su madre, de la familia, del mismo modo que lo eran las otras palabras, las de la escuela, las de la calle. En suma, las palabras de la infancia, que le habían servido para pedir socorro alguna vez, y que los demás habían escuchado y entendido, aunque balbuceara al hablar, al pedir auxilio.

Ahora, sola. Sin palabras, más sola aún. Sin palabras para pedir socorro.

Eso es lo que decía la vidente, en el bar del barrio, cuando llovía y se sentía más triste.

Cosas de la edad, decían otros.


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