Silencio, se ruega

Solo, por favor

En el número siete de la calle Vilches hay un letrero que ruega. No recuerdo si es silencio o jugar a la pelota. Ningún transeúnte repara en el texto, ni el señor que porta un periódico arrugado ni el cartero ni el policía de paisano ni la señora que pasea al perrito. Si vuelvo a pasar, prometo fijarme mejor, pero sé que algo se ruega.

En el número nueve de la misma calle está la librería donde adquirí el mejor libro que he leído esta semana. Pese a la candidez del título, Océanos de rosas es una novela vigorosa, repleta de interesante reflexiones sobre la pareja y su evolución. Desde el retrato cotidiano de dos personajes, traza sus primeros encuentros y describe sin adornos los vaivenes de una relación imposible. Aborda con delicadeza una situación que cualquiera se atreve a juzgar desde fuera, un galimatías para sus personajes. Esther y Pablo creen revivir una adolescencia que jamás disfrutaron, mientras sus entornos empiezan a crearles problemas. Ellos deciden seguir adelante, tal vez sometidos a una atracción de la que no son conscientes, ebrios de un enamoramiento venenoso, incluso para el lector. El relato es magistral: tan pronto te sientes en una intriga como en una desesperante rabia, vacilante entre la adrenalina y el abatimiento, sobresaltado por diversos desenlaces previos a un final no tan previsible. Con soltura, Felipe Entralgo acierta en cada frase. No he leído sus tres novelas anteriores, una de ellas, premio especial de la crítica, pero es probable que acabe leyéndolas. Esta, desde luego, me ha dejado tocado.

En el número once de la calle Vilches pasé por primera y última vez a comprar unos tomates para ensalada. ¡Malísimos!

En el número trece de la calle Vilches dormitaba alguien bajo cartones.

Vivo en el número trece de la calle Vilches, segundo derecha, desde hace tres días. Aún no lo siento como hogar, pero ya empiezo a recrear un ambiente propio, o, más bien, a adueñarme del ambiente. Son cuatro paredes peladas, con un sofá en el salón, la cama del único dormitorio y una cocina dignamente montada. No es moco de pavo lo que pago de alquiler, pero es la mejor opción que he encontrado por esta zona. A tres manzanas, cerca de la avenida Bauprés, hay una biblioteca municipal. Algo más lejos, continuando por esa avenida, hay un polideportivo con piscina cubierta. No estoy en el centro, pero apenas me lleva media hora andando para llegar hasta mi oficina (lo acabo de comprobar viniendo de allí). Soy contable, acaso un aritmético frustrado que cursó los primeros años de Matemáticas hasta que mi corazón se envalentonó. Lo nuestro duró tres breves años, lo suficiente como para que ella decidiera una vida mejor (siempre según ella). Desde entonces no he sentado cabeza, quizá arrepentido de escaparme con ella a este país. Por inercia —una fuerza poderosa, sin duda— continué quince años más. Descarto volver; me he hecho a la soledad, esté donde esté. La necesito para seguir rodando mi película. Quizá sea cobardía para comprometerme con alguien que vuelva a tirar de mí en un sentido o en otro. Mantengo escasa comunicación con algunos familiares; me restrinjo a un círculo de amistades que he ido haciendo aquí. Cuando me va bien, quedo con ellos. Si no, tan ricamente. Y solo tengo un proyecto a largo plazo: estoy trazando un mapa emocional con frases rotundas de mis efímeras parejas.

Y así, desde el segundo derecha del número trece de la calle Vilches contemplo tras la ventana decenas de luciérnagas que iluminan esta ciudad de emociones guardadas en jarras de cerveza. El escenario de mi película, exteriores plagados de vidas interiores. Solo reveladas con rotundidad de manera indecorosa.

“Se ruega decoro”.


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