San Valentín, un señor mayor siempre exhibiendo una sonrisa algo desagradable

Casi lloré de emoción al ver esa escena en el cine

 

Veo ahora que George Rigaud se crió en Francia y era en realidad argentino. Ignorancia y fijaciones propias de la infancia, pese al falso apellido que se adjudicó, yo lo hacía norteamericano. Siempre tuvo un poco de acento y la prestancia de un antiguo marine.

George Rigaud salía como modelo, quizás con frase, en cantidad de anuncios de televisión. Algo de farmacia que la memoria no acaba de precisar, como Okal o Calmante Vitaminado; anuncios de camisas, él con un elegante paraguas… Seguramente aparecía en esos anuncios porque era un personaje conocido por sus múltiples intervenciones en películas, pero también pudiera ser que se le identificase en las películas por sonarnos de uno u otro anuncio.

El caso es que hacía de San Valentín en dos películas de esas aborrecibles del montón, que no eran de episodios, pero que seguían las tópicas peripecias de, en este caso, diferentes parejas en apuros amorosos: “El día de los enamorados” (1959) y “Vuelve San Valentín” (1962). Ejercía, vamos a decir, de santo algo travieso, pero siempre encuadrado en la ortodoxia religiosa indispensable en la época, y daba pie a unas escenas edulcoradas a más no poder, de lo más pacato. Vamos: de vergüenza ajena. Entre esto y lo de las camisas y demás, sólo me faltó oir por algún lado que el día de los enamorados era una creación de El Corte Inglés, algo que se me quedó bien adentro.

El verdadero desconcierto, cercano al llanto, surgió cuando me percaté de que el cine familiar al que me veía condenado era el de películas como éstas sobre el día de San Valentín, con Rocío Dúrcal o cosas parecidas. Ahora los padres no llevan a sus hijos al cine, o si lo hacen es a una superproducción de esas de animación que dicen que abren el mundo del niño a la fantasía (aunque yo creo que es todo lo contrario), pero entonces el cine era un recurso muy habitual para pasar la tarde un día festivo. Recuerdo haber estallado a la salida de alguna de estas sesiones, explicando que no me gustaban, que yo quería películas de otro tipo, y la respuesta, en el fondo comprensiva, de mi padre, excusándose:

– ¿Pero qué vamos a hacer, si no hay ninguna otra apta?

Pues eso.


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