Sábado perfecto

Solo, por favor

 

No eran cuatro tablas como había dicho el primo de mi novia, tampoco parecía la cocina de ensueño exhibida en la página web y tenía mis dudas sobre la robustez garantizada que de esos muebles se predicaba. El amigo de mi cuñado no acertaba a explicarme cómo se había perdido la ingletadora y mi cuñado viraba la mirada a un lado y a otro preguntándose dónde irían dos tablas que sujetaba en una y otra mano. Mi novia, metida a diseñadora, estaba por llegar.

El caso es que antes de rematar las puertas algo me decía que la cosa no iba bien del todo. Supongo que perder la línea inicial de azulejos tendría algo que ver, a pesar del clamor de mis compañeros quitando hierro al asunto: «Eso no se nota en cuanto pongas las puertas». Si costó colocar los batientes, que hubo que pasar la fresadora tras varios intentos, no puede atribuirse a mi exceso de celo: medí mil veces la distancia entre huecos, aunque no me dejaran comprobar que estaba a escuadra; tenía que haber escondido las cervezas. Pero —¡joder!— no les esperaba.

Mari Luz me preguntó si la disculpaba, que tenía que acompañar a su madre a las rebajas. Y no me dijo más. Pero, conociéndola, estoy convencido de que su hermano no se prestó motu proprio a echarme una maldita mano. Ni su primo. Ni el amigo del primero. Alejandro, mi cuñado, llegó poco antes del mediodía: con su sonrisa de experto, inquiriéndome por esto y aquello. Tras diez minutos de minuciosa revisión, comenzó a lucir su smartphone de última generación, con sus innumerables posibilidades, para llamar, no sin antes recordarme que debía adquirir un móvil como el suyo. «¿Cómo te fue anoche, cabrón? (…) Bueno, vente pa acá, primo, y dale un toque al Chuso, que sabe de esto».

Llamaron a la puerta cuando estaba cortando en ángulo los remates de la encimera; fue la última vez que recuerdo ver la ingletadora. Les abrió Alejandro, al que oía desternillándose con las correrías que le contaba su primo Tito. A juzgar por su aspecto, dudo de que acaso la mitad fuera real, más allá del alcohol del que se vanagloriaba de haber ingerido. Al Chuso apenas le conocía, salvo por anécdotas sueltas que Mari Luz y su hermano compartían, en las que aparecía entre un sinfín de nombres que nunca recuerdo; dispuse de la tarde de aquel maldito sábado para conocerlo bien.

No son mala gente. Tampoco habían montado muebles de cocina en su puta vida. Pero yo tampoco y no les puedo culpar por eso. Ni a las veinticuatro cervezas que cayeron ni a su desmedida autoestima ni a mi incapacidad asertiva. Mari Luz, sí.

Suerte que conté con la iniciativa de estos artistas para intentar suavizar la chapuza: el Chuso conocía al camarero de un mesón al que habían hecho una reforma de los baños (bueno, la última cuadrilla con quienes había trabajado antes de que descubrieran que no era lo suyo, creí intuir). También tuve suerte de que Mari Luz pudiera lucir su flamante blusa, una ganga de ¡ochenta euros!, según me contó. No tuve tanta suerte con la cuenta, que no sé cómo diantres tuve que abonar yo solito ante la sobrevenida desmemoria del resto de comensales, parejas de mis compañeros montadores incluidas: «¡Troncos, que me he dejado la cartera!». «¡Y yo!». «¡Y yo!». Y yo no, ¡gilipollas de mí!

«Bueno, cariño, ¡qué menos que invitar nosotros por habernos ayudado!, ¿no? Perdona por enfadarme contigo: no está tan mal y seguro que el sábado que viene lo podéis solucionar. ¡Lo habréis pasado en grande!».

Callé una vez más. ¡Qué demonios! Seis días y por fin sábado sabadete.


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