Resumidas cuentas

M de Mirinda

 

Alcanzado el acomodo, labrada ya la cueva con la azada fiel de mis vértebras, definida la meta en la tibia atmósfera de lo que puedo esperar, de lo que puedo ingerir, de lo que puedo tolerar, me acurruco en la arcilla húmeda. No navego. No hay balsa.

La paz innegable asciende y, blanda espina enrocada o hipnótico berbiquí, me atraviesa y convierte en una viruta infinita. Con parsimonia dreno lo húmedo, lo ignorado, los descartes. Transformo, me engaño, reutilizo. Sumo y sigo.

El inventario, según los cánones, parece ser negativo, pues no arroja beneficios sólidos contra el patrón oro de lo que se espera de una urraca que podría haber perseguido más estímulos irisados, más torres brillantes. Es mi estilo: los frutos de lo cribado, hasta ahora, me placen. Sigo, a oscuras, espigando la eléctrica maravilla de lo desmerecido, de lo que nadie quiere, de la manida satisfacción de lo previsto. Yo solo bebo de las gotas que rebosan de otros labios. Odres, pilas, aljofainas llenas guardo.

No pienso abandonar mi lento oficio, mi membrana de gestos cuajados, mis curtidos patrones, mis dulces hábitos. Con ellos me protejo. Nunca usaré la máquina que, eficaz, ansía estrenos, precintos relucientes, grandes méritos. Artesana es mi ambición reparadora, mi pequeño afán remendador. Mi fortaleza es este limo suave, cautivador desecho. De él sorbo el jugo. Rien ne va plus, canturrea la lombriz. En lo residual dejo mi huella. Esto es todo, en resumidas cuentas.


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