Rabia

La termita y la palabra

 

Es una obviedad. Todo el mundo lo sabe. Hasta Leticia Sabater debe saberlo. Las palabras, como el cuchillo jamonero, pueden deleitar cortando jamón (o poesía) y también acobardar, embrutecer, matar, encarando un cuello en el hall de un banco. También maquillar la jeta de un discurso sospechoso y zafio.

Ayer, en uno de esos informativos televisivos que uno ingiere entre bocado y bocado cuando vive, una periodista reportaba el consumo español de cocaína y entrevistó, cómo evitarlo, a un vulgar camello, por supuesto, pixelado. No voy a remontar, no sabría hacerlo, las aguas bravas de la legalización, sí las del lenguaje. Me sorprendió el subtítulo que lo presentaba: «vendedor de drogas». Vendedor. Ignoro qué opinarán los vendedores de ropa, de legumbres, de helados, juguetes, carne y otros mil silencios multiusos. Si yo fuese masajista, no me haría gracia ver a un infame pederasta asociado al rótulo de “masajista de genitales infantiles”. De hecho, solo escribir esas palabras juntas me hace vomitar y pido disculpas por tamaña barbarie. Dejémoslo claro: ni el monstruo pedófilo es masajista ni el cretino que merca la cocaína, vendedor. Llamemos a cada cual por su nombre. Ambos, los dos, son auténticas alimañas. Sarcomas de la sinrazón.

Usemos las palabras para cortar jamón, no para robarle la pensión a las viejecitas u ocultarle las arrugas a un rostro demacrado. Por suerte o desgracia, he visto de cerca (como niño de un barrio castigado en los ochenta por la heroína) qué efectos produce en las calles esa mierda narcótica. Y me han impedido jugar en un solar porque había un cadáver de veinticinco años atado a una raya o una jeringuilla. Y he visto gritar en brazos de una patrulla a una madre descuartizada por el dolor delante de un marido desencuadernado. Disculpen la acritud. Se me fue la memoria, tras ella la rabia, tras la rabia la mano. Disculpen la monserga, las posibles ofensas, mi verbo exaltado. Es un tema complejo del que no debiera haber hablado. Perdón. Me ha desatado la lengua, mi inanidad. La fragua del corazón.


Comparte este artículo