23 de abril en Ca n’Anglada

Página extra

 

Hace algunos años decidí no comprar ningún libro el día de la Fiesta del Libro. No se trata tan solo de mi vocación rebelde ante los mercaderes y sus eventos, se trata tambien de mi dificultad para lidiar con las aglomeraciones, los empujones, esa sensación de ahogo que me asalta. Además de mis prejuicios está una disposición anímica. Pudiendo ir a la librería cuando está silenciosa y solitaria como un buque abandonado en alta mar, ¿quién quiere someterse a los agobios de la masa?

Sin embargo, en el puesto de venta de libros que hicieron los alumnos de sexto curso en el colegio donde trabajo, me compré un par de libros. De segunda mano, por supuesto. Me gasté cuatro euros y así les ayudé a recoger dinero para su viaje de fin de curso. Muchos de esos niños y niñas van a viajar poco o nunca para divertirse a lo largo de sus vidas ya que, aparte de los viajes a Marruecos para ver a la familia, les espera una vida que casi nunca rebasa los límites del barrio. Ca n’Anglada es un barrio de esos que antes llamábamos “pobres” y ahora “desfavorecidos” (palabra, esa última, sobre la que podría escribir un tratado). El barrio -sus bloques prietos, feos y enfermos, sus callejuelas, su proximidad con el torrente- lo construyeron para unos pobres de antaño. Lo construyeron unos señoritos catalanes de buenos apellidos, todavía presentes hoy, y entonces ¡presentes! en su adhesión al franquismo por la misma razón que hoy al soberanismo: por instinto de supervivencia de clase. Aquéllos pobres de antaño se fueron muriendo, y muchos emigraron hacia barrios más lindos seducidos por la sirena de las facilidades hipotecarias y el ensueño de la buena vida que vendían políticos y banqueros. La mayoría de aquellos pobres eran los pobres que se quedaron sin chabola -sin nada- con las riadas de 1962. En este país incluso las riadas favorecen a los señoritos. Los pobres de hoy -los pobres sustitutos de los viejos pobres- llegan huyendo de la riada de miseria que azota sus regiones de origen: nada es más global que la miseria.

El vacío que dejaron los antiguos pobres lo rellenó enseguida una oleada de pobres nuevos, que acudieron de un poco más lejos pero con la misma obcecada voluntad de ejercer de pobre, de mano de obra barata y de paria en la “terra d’acollida” que es un país lejano, frío y antipático. Lo malo del asunto es que los tiempos han avanzado mucho y siempre en contra suya, ya que esos nuevos pobres tienen menos posibilidades de salirse de pobres que los antiguos. Es así como funciona el progreso en nuestra querida, trágica España, ese país tan literario.

Suelo pasear por el barrio a la salida del trabajo y a menudo compro en los colmados y las fruterías de los moros. Me dejo seducir por la nostalgia, los precios bajos y la suave penumbra de esas tiendas, que me recuerdan a los colmados de la España de mi infancia. Aquí no se escucha a nadie hablar catalán: quizás sea esta su venganza de clase, parece que todavía queda algo de aquella antigua dignidad del pobre.

Uno de los libros que me compré fue “Las bodas de Cadmo y Harmonía”, -dicen que- lo mejor de Roberto Calasso. Edición de Anagrama, octubre de 1990. Al llegar a casa puse el libro en la mesita ante el sofá y me quedé meditando, como hipnotizado por el color amarillo crema desleído por el transcurso de cinco lustros. ¿Cómo llegó este ejemplar al puesto de libros del colegio? Alguien lo donó, ya que la oferta de libros se nutre exclusivamente de lo que las familias han donado. Siento el impulso de buscar la dirección postal (electrónica más bien) de Calasso para contarle que su libro estaba en el puesto de un barrio muy pobre de Cataluña, y que estoy maravillado de que eso haya sucedido. ¿Qué historia habrá detrás de ese ejemplar? Lo hojeo con nervio, ávido de encontrar alguna pista: un papelito olvidado entre las páginas, una anotación, algo, cualquier cosa. Pero no hay nada. Apenas un poco de polvo. Contemplo su aspecto con mayor detenimiento y llego a sospechar que nadie, jamás, leyó el libro: está demasiado impecable y no se detectan en él los rastros de haber sido abierto ni una sola vez. Eso me decepciona, y para evadirme de esa emoción recurro a pensar en otro asunto, más egocéntrico: quizás el destino del libro era justamente ese, llegar a mi casa y empezar a ser leído, por primera vez, en una tarde de viernes 27 años más tarde de haber sido impreso, religado y mandado al mercado. 27 años de bella durmiente a la espera de ese momento.

Lo mejor de la vida son esos instantes en los que uno percibe la magia, lo extraño e imposible de descifrar. Que eso suceda en un barrio pobre y maltratado me fascina. Si tuviese la mente prodigiosa de J.L. Borges podría escribir algo interesante de veras a propósito de Roberto Calasso, su libro y el chiringuito en donde lo compré. Pero eso no es así y debo conformarme con ser quién soy, y debo estar agradecido por los paseos de esas tardes en Ca n’Anglada, y esa tarde en concreto, con el libro de Calasso en la mochila… Entonces caigo en la cuenta de algo y me detengo, como cegado por una luz misteriosa, más o menos como la luz que descabalgó a Saulo de Tarso: el otro libro que les compré a los alumnos de sexto es un curioso libro de relatos de Friedrich Dürrenmatt, “La muerte de la Pitia” (Tusquets, 1990 -de nuevo 27 años de letargia). ¡La Pitia! Otra referencia al mito griego, y yo sin darme cuenta… ¡hasta ahora! Y en ese instante siento que la vida es algo de veras muy raro, y que Ca n’Anglada, ese barrio pobre y sucio, es el mejor lugar del mundo.


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