Que haya lugar

M de Mirinda

 

Mansa. Me voy a labrar, sí, a escarificar, pues mármol soy, o termitero, una red de cauces, con sus coherentes meandros y espirales, para que me amanse el hipnotismo propio de las aguas mareadas que sobre mi viajarán.

Lluvia mansa, se dice, cuando amaina, y agua mansa y manso animal, mansas palabras.

Y si por la vía acuática la plaza de la mansedumbre no logro ocupar, y he de verme inmersa en la contraorden, en el imperioso remache que imprime el carácter, en la sequía de las irredentas cantinelas, ya no sé qué otro lugar pacato quedará a mi alcance.

Ni el bulevar de la impostura, ni el chiscón de la inopia, ni la cuneta de las malvas, ni el foso del solipsismo, ni el recinto de la verbena perpetua, ni si quiera la bañera de espumas y letras, están tampoco ya en mi plano.

Tendré que auto-medicarme, con tisanas y apremios, y auto-domesticarme, con cinchas y arreos, empezando por dejar de considerar estas dos acciones como algo reprochable, cuando quizás puedan granjearme episodios-placebo con formato de libertad masticable, fácil de tragar, de deglutir, de compartir en redes y otros encajes sociales: tardes de domingo tosiendo entre gramíneas detestables, intersticios semanales sin temores alambicados y rendición ante el salutífero café para todos.

No me es sencillo hallar lugar donde bajar la testuz, donde caer de la cabalgadura agreste del empecinamiento, donde quemar la carga de la furia empapada, donde aplacar las respuestas, no ya trazas airadas sino zarpas ciclónicas, donde revertir el agudo ascenso del silbido del globo henchido de esa nada que al oxígeno ofende y a las emociones, tierno plumón amarillo sin ojos ni visos, mancilla y empantana.

Labro, creo que labro, quiero labrar pero ladro, solo ladro erizos y aúllo, revolviéndome en el reclinatorio de las súplicas de medio pelo, a sabiendas de que no son estos modos, de que no es este ensalmo bueno que engatuse a la Madre Sumisión, ¿cómo habría de serlo?, mas insisto, y sin ayuda, ni de pares ni de impares, husmeo, armada con el manual del perfecto aspaviento y el mapa para volver a las andadas, tras el rastro de la calma, hecho de huellas resecas, largos lazos humillados por esa humedad suya, de caracol con su casa cáscara modelo Sísifo que huele a arrastrado destino. Por muy lento que avance el estado deseado yo voy y vuelvo mil veces, propulsada por mi incredulidad sobre las bondades de la calma chicha, de la mansedumbre, y en la vorágine se pierde el dorado.

No ha lugar. Nada mansa, seguiré contando.


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