Publicidad subversiva

Zoom impertinente

 

Me llama mucho la atención las caras de malhumor que exhiben los paneles de publicidad dirigidos a jóvenes y adolescentes. En general, se trata de imágenes que nos escupen a la cara un tremendo malestar, cuando deberían mostrar felicidad por vestir aquellas ropas tan preciosas y aquella marca de zapatos inalcanzables para la mayoría de sus iguales porque están en paro o cobran unos salarios de miseria.

¿Cuál es el mensaje que nos quieren enviar?  Me lo pregunto  porque las empresas de márquetin nos someten a estudios continuos para conocer nuestros gustos y las formas en las que expresamos nuestras emociones.

Al parecer, han descubierto que cuando se trata de adolescentes el mal humor es lo que vende, y les lanzan su publicidad con rostros de chicas y chicos impregnados de indolencia y desgana.

Es de agradecer, a pesar de que hay quien dice que el sistema no tiene alma ni corazón, que estas empresas nos muestren el verdadero sentir de la población juvenil que no llega a los veinte.

Realmente estas chicas y chicos no tienen motivos para estar alegres. Su desarrollo personal y de vida se encuentra totalmente varado en un paro que para los menores de 20 años es de 58,7%,  (según la encuesta de población activa del primer trimestre de 2017).  Y la perspectiva no mejora a medida que van cumpliendo años porque el paro en menores de 25 años es de  41,7%. Aunque quizá, siempre protegidos por la legalidad inexorable de la reforma laboral del PP,  accedan a empleos de muchas horas de trabajo y poco sueldo; o les surja la gran oportunidad de trabajar gratis. En prácticas. Qué gran revolución supuso para el sistema laboral el invento de “las prácticas”. Todo un ejército de personas dispuestas a trabajar gratis y sin protestar, porque “las prácticas” están asumidas como un paso normal para encontrar empleo. En las duras condiciones laborales de la Inglaterra de Charles Dickens las criaturas cobraban, aunque fuese una miseria, por trabajar.

No tengo la menor duda de que las empresas, para incrementar las ventas de sus prendas juveniles, confían en el gesto desabrido y el malestar que expresan sus jóvenes modelos. Lo han estudiado a fondo, saben del enfado de este sector con la sociedad, del desprecio que profesan al mundo que les está tocando vivir.

La esperanza es que desde ese malestar tan retratado, tan evocado, mostrado a gritos en los carteles publicitarios, pueda un día arrancarse la apatía del “nada se puede hacer” y salir a luchar por lo que les corresponde.

Que así sea y cuente con nuestro apoyo.


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