Prosopagnosia

La sombra liberada

 

Los griegos antiguos consideraban que la amnesia es un regalo de los dioses. Yo les intento emular, humildemente, desde este bochornoso siglo XXI, y me permito decir que también es don divino la prosopagnosia. [Dícese de la prosopagnosia que es una forma de agnosia visual que impide reconocer los rostros].

Hace poco leí una novela1, tan breve como maravillosa, en la que un personaje femenino (me niego a escribir una personaja) intenta inducirse la prosopagnosia con su propio rostro. Para ello, se sitúa ante el espejo del baño y se esfuerza en no pestañear durante mucho rato, hasta que la irritación de las córneas desdibuja la imagen reflejada, la emborrona y la convierte en la imagen de alguien que es otro y además irreconocible, uno mismo pero cuerpo sin nombre, vaciedad. Quizás es innecesario precisar que el personaje es una adolescente. Así como en la niñez no somos conscientes de casi nada referido a la vida y los niños se sienten equidistantes de la vida y de la no-vida, en la adolescencia empezamos a sentir el peso insoportable de la existencia y, de repente, tomamos ese vino amargo que es el exceso de conciencia.

Debo contar que viví una adolescencia más bien triste en su conjunto, y que combatí mi náusea vital con mucha actividad, aunque jamás me arriesgué demasiado en jugar con los excesos. Fui muy prudente. Entrado en la madurez me permití ciertos experimentos que no voy a contar. Solo contaré uno, que tiene algo que ver con la prosopagnosia.

Al llegar al verano de dos mil y pico, después de un curso arduo y desagradable, decidí someterme a una dieta depurativa extrema. Solo ingería té verde y pepinos, sin sal ni aceite. Y de vez en cuando arroz blanco hervido. Había leído algo sobre los riesgos de tomar demasiado té verde, pero como lo había leído en un cuento gótico de Sheridan Le Fanu, no le di demasiada importancia. Luego de unos días de vivir a base de té verde (sin azúcar), empecé a sufrir ligeros desvanecimientos, me costaba mantener el equilibrio y me resultaba bastante difícil subir o bajar escaleras, ya que estas construcciones se transformaban ante mis ojos en algo muy parecido a las escaleras que dibujaba Maurits Cornelis Escher. Un día, al descender del tren en un apeadero, estuve a punto de pegarme un porrazo fenomenal, porque me sentía incapaz de calcular las distancias, ablandadas y oscilantes, y me fue imposible el cálculo correcto de la zancada necesaria para sortear el obstáculo.

Aquel día me había propuesto explorar un antiguo camino medieval entre dos monasterios, y me apeé en la ciudad, pequeña y provinciana, que se halla en un extremo del mismo. Poco rato después de mi percance al descender del convoy, empecé a andar por la senda de los monjes antiguos. La verdad es que, a día de hoy, el camino no es muy agradable y transita por lugares fastidiosos, entre autopistas y autovías, y linda con urbanizaciones feas de chalés modelo quiero y no puedo y, lo que es peor, rodea horribles polígonos industriales con naves de hormigón prefabricado, sombrías, inmensas, tan enormes y sin más abertura que una puerta ciclópea que podrían albergar los más espantosos artilugios como, por ejemplo, monstruosos ingenios extraterrestres ocultados al dominio público.

El asunto es que, hallándome en mitad del recorrido, tuve que cruzar un túnel bajo una autopista de seis carriles. A la salida del agujero, me crucé con uno de esos runners que salpican, al trote, la mayoría de los caminos, senderos y carreteras de nuestro triste paisaje. Justo después de intercambiarnos el “buenos días” lacónico a que la educación obliga, me di cuenta de que era incapaz de recordar el rostro que venía de saludar. Es más: mi memoria inmediata me presentó un hombre sin rostro. Exacto: me di cuenta, apenas dos segundos más tarde del encuentro, de que había saludado a un tipo sin rostro, que su rostro era una superficie de piel paliducha sin boca ni ojos ni nariz. Así que, instintivamente, me di la vuelta, aún sabiendo que solo iba a poder ver de él su cogote. Pero el hombre ya no estaba allí. Debería haberlo visto a no más de seis o siete metros de mí, pero allí no había nadie. El atleta se había desvanecido en la nada. Se había esfumado en la luz de la mañana. No había ningún rastro de él. Pensé que me había cruzado con un fantasma. Luego pensé que había visto a un hombre que habita una dimensión paralela, y que se había abierto una ventana entre su dimensión y la mía por unos instantes muy breves (los instantes suelen ser breves). Luego pensé cosas terribles, negras. Me asaltaron augurios muy malos, de muerte y de aniquilación.

En cuanto llegué a mi casa, ese día, di por terminada la dieta de té verde y pepinos y arroz hervido de vez en cuando. Me cociné un cocido de lentejas con mucho tocino, papas, cebolla y ajo y pimientos verdes y pimientos rojos, laurel, ajedrea y tomillo, chorizo y morcilla, y lo acompañé con pan abundante y vino tinto del Somontano, más abundante que el pan.

[1] Hernández, Sònia. El hombre que se creía Vicente Rojo. El Acantilado, Barcelona, 2017.


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