Post-data

Aforismos de juventud

 

Quien experimente el “pánico propio” o miedo de sí experimentará, en rigor, muy poco de lo que aquí voy a decir. Para empezar, es bien difícil encontrarle justa expresión a los sentimientos humanos. Pero, además, en la medida en que los presentes apuntes sobrepasan la mera expresión de sentimientos, esto es, en la medida en que constituyen una tentativa de racionalización de ciertas experiencias sentimentales, implican, como toda racionalización del mundo afectivo, una deformación de tales experiencias. Deformación que es, por así decirlo, el “impuesto” que se paga por efectuar el tránsito de la experiencia a la reflexión conceptual, del sentimiento al pensamiento.

En primer lugar, la “vivencia”, o “sentimiento”, o “experiencia”, no se corresponde, ni mucho menos, enteramente con su concepto… Se corresponde, en todo caso, como se correspondería un ser vivo con el cadáver en que luego se convertirá. Y ni siquiera esto. Pues hay un sinnúmero de vivencias carentes de correlato conceptual; y a la inversa, unos cuantos conceptos que son puro artificio de la razón.

Pero, en segundo lugar, incluso aunque se supusiera un ingenuo isomorfismo entre la vivencia y su concepto, nada aseguraría entonces una nueva correspondencia: la que habría de darse entre el encadenamiento intelectual de conceptos, y el encadenamiento real de vivencias.

En tercer lugar, el problema se agudiza cuando caemos en la cuenta de que la justificación racional de nuestra experiencia requiere cadenas de conceptos que se remontan, eslabón tras eslabón, a conceptos de segundo, tercer, …, enésimo orden, esto es, conceptos alejados de nuestra –ya remota– experiencia inmediata. Y entonces sí que nos encontramos definitivamente perdidos: porque nuestros conceptos “meta-físicos” no admiten confrontación directa con la experiencia.

En efecto, dada su naturaleza metafísica, habrían de corresponderse con entidades reales homólogamente metafísicas; mas, ¿cómo se manifiesta la existencia de entidades metafísicas? –Por definición, no se manifiesta, no puede hacerlo. Quedamos, pues, condenados a la confrontación indirecta, a la frágil cuerda floja del “Todo concuerda (por ahora)”, que en cualquier momento puede romperse.

En fin. No podemos embarcarnos –estábamos a punto de hacerlo– en disquisiciones epistemológicas que nos forzarían a reconsiderar, desde sus cimientos, el edificio entero de la filosofía (¿Qué edificio?). Espero que se me disculpe, por otra parte, la superficialidad simplificadora con la que he tratado el problema del conocimiento, puesto que no es él el objeto de mis apuntes. En realidad, lo que quería decir con tanta palabrería no es sino que el requisito de la inteligibilidad (inexcusable en todo mensaje que se quiera comunicable) impide que lo aquí escrito llegue a ser más que un pálido reflejo de lo que acontece realmente bajo nuestro torturado pellejo. Mas quizá esto sea suficiente, al menos para quien haya padecido en sus propias carnes los inquietos y tenaces sentimientos que aquí intento describir y, en la medida de lo posible, explicar.

No aspiro, pues, sino a facilitar la evocación del dolor que produce la mordedura del “pánico propio” (lo que justifica el frecuente recurso a modos de expresión más propios del género poético que del filosófico), así como a suministrarle a dicha mordedura alguna que otra explicación plausible (en la que, por otra parte, tampoco confiaré demasiado). Y, al fin y al cabo, ¿pueden acaso llegar más lejos nuestros pobres aparejos conceptuales? (Aquí serían pertinentes, entre otras muchas, las reflexiones de mi colega Simón Royo sobre “la sinestesia de los pensamientos”, sinestesia que sólo puede hacerse efectiva merced a la colaboración del receptor del mensaje. En efecto, lo que no puede poner en palabras el autor, debe suplirlo el lector, y tanto al uno como al otro compete la correcta añadidura de lo indecible a lo dicho: el autor debe escribir con la suficiente precisión evocadora; el lector debe llevar dentro eso que se pretende evocar.)


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