Poética

La termita y la palabra

 

Es matemático. Todas las noches, antes de acostarme, escucho pasos tras de mí y, al volver la vista atrás, se disuelven en el aire. Mi psiquiatra dice que son las pisadas de la melancolía en la arena torva de la noche; que no las atienda, que no me perturbe, que las deje fluir por donde vengan, que haga del olvido su desagüe.

Mi amigo editor contradice al galeno; a su juicio esos pasos son los dedos del tiempo en el steinway and sons de la soledad, dice que mi mente es una pianista anclada en un poema, que al irme a dormir oigo su galope por la piel de un crepúsculo aún por herrar… Pero no lo oigo, lo escucho. Los pasos en la noche se escuchan sin más.

Mónica, mi psicóloga, desmiente al médico y matiza al editor. Opina que ese espectro es una caracola y el dolor cotidiano el run-run de las aguas dentro de ese tímpano de espuma mineral; que extienda los brazos hacia él en lo obscuro, que no intente apresarlo, que tampoco lo nombre. Si intuye la brida de la palabra exacta me puede cocear.

Rilke niega a todos (psicóloga, editor y psiquiatra); sabe que esas voces son, sin más, la escollera del mundo; una cama vacía, la ola en la ensenada. El deportado que quiso transformarse en frontera para así regresar. Cada vez que las capto, recito a Rilke en silencio y ellas, las voces, callan inconexas. Vencido por el sueño, reclino en ellas la noche y la noche es mi almohada.

En mi cama vacía, Ponce el matasanos, Claudio el editor y Mónica la importante, mascan mate y un mar de garrafón. Mis poemas los miran. Al amanecer, contarán lo que saben. Y callaré yo.

 


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