Perfumes

Moda al tuntún

 

Una vez finalizados los espacios prenavideño, navideño y de reyes, la “publicidad de los perfumes de estética apestosa y lengua arrastrada” hace un fundido en negro como si nuestros olfatos debieran caer en una anosmia reparadora.

Un “agua” o colonia o perfume son, entre otras cosas:

– Unos recipientes de mil formas realizados con el maleable e inalterable vidrio, pero de bocas estrechas (a veces con dosificadores) que permiten proteger, dar estabilidad a la composición química, y además, un nombre que baila entre lo mítico, exótico, sugerente y, por lo general, en francés o inglés. Por citar algunos: Soir de Lune, La Panthere, Beyond Paradise, Sensuous, Blach Orchid, Euphoria, Hypnotic Poison, Opium, etc.

– Una emanación olorosa sensual, voluptuosa, unida a la idea de lo superfluo que nos conecta con lo imaginario de la riqueza, a lo que hay que sumar una pobreza léxica que nos planta en un imaginario tenue e inaprensible.

– Una publicidad que pretende quizás responder a la afirmación de Pessoa: “el olfato es una vista extraña”. Ante nuestros ojos se deslizan señoritas levitantes, etéreas, de tonos azulados, verdes, rojos, a veces acompañadas de señoritos glabros y simétricos que nos ofrecen un mundo donde nadie caga o tiene un mal día halitósico.

La mayoría de los humanos trabajamos con tres conceptos para describir el universo olfativo (sincrético, difícil de descomponer): la naturaleza del olor (olor a pan, al abuelo, a Chanel nº 5 –si se tiene buena memoria olfativa que permita reconocer el olor, pero la mayoría de las veces no bautizarlo–); la intensidad (qué fuerte huele este perro, qué suave olor a rosa); y finalmente, el gusto o disgusto frente al olor.

Todos olemos desde el mismo momento que nos alumbran hasta que morimos, pasando de oler bien (los bebés huelen agradablemente, en particular los propios) al olor ácido, dulce o agrio de los ancianos. Entre este largo ínterin se vende a los machos de la especie “perfumes desabrocha camisas o saca cinturones”, y a la hembras, un sinfín de perfumes originales que, según sus creadores, poseen la rara capacidad de personalizarse hasta lo indecible, una vez en contacto con la piel, pues proporcionan a cada una de sus portadoras una fragancia personal y distinta. Oler para dejar de creer, pero tampoco podemos olvidar el placer de regalarse una cierta frescura o autoolerse.

Comenta el radical Guido Ceronetti: “Las partes que encierran más olor son aquellas en las se concentra más alma. El ojo, que carece de olor, es espejo, no alma. Añadir perfume al cuerpo es añadir alma o fingir que se tiene, si esta falta”.

Llegados a este punto, nuestro psico-socio-antropólogo delirante aboga por el uso del agua clara y un jabón de pH neutro, no sin repetirse a sí mismo las sabias palabras de Marcial: “No huele bien lo que siempre bien huele”.


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