Perder comba

M de Mirinda

 

Hay que saltar.

Es alta la recompensa, mantenerse con vida, y no muy oneroso el precio: sólo se resienten un poco las articulaciones más complejas. Así, el impacto reverbera en el puzle de las rodillas, en los cartílagos palmeros, antesala de los tobillos, en los pensamientos estratégicos que forman el armazón de la consciencia y, por supuesto, en las glándulas más sensibles a los vaivenes de la gravedad.

Hay que seguir saltando.

Nos dicen que un despiste, una síncopa, una breve fisura en la regular sucesión de rebotes o un hipido del alma, pueden echar a perder el ritmo y abocarnos al tropiezo fatal con la cuerda que baten las esmeradas manos de la parca. Parece que alcanzo ahora a verlas, allí, con sus guantes blancos, sujetando sendos cabos, en los extremos.

En caso de un traspiés tal, el desamparo sería completo, nos comentan. No hay un protocolo formal de actuación. No hay ni siquiera reglas basadas en la costumbre. No hay constancia de si alguien ha logrado recuperar el compás. Todos los saltadores que  no atinan, abandonando el orden y el concierto, caen fulminados.

Parar mata, dicen.

No hay pruebas, arguyo. Las zarpas del destino son las únicas que pueden decidir si dejan de darle con brío al flexible manubrio, a la soga oscilante a la que le bailamos el agua.

No hay accidentes.

Pretenden extorsionarnos: o saltas sin cesar, muelle inane, o pierdes tu razón de ser, tu entrada de platea, tu título habilitante, tu espacio en este mundo.

¿A quién interesa que mantengamos sin fin la extenuante tarea del vivir saltimbanqui? ¿A quién le favorece atemorizarnos de este modo?

No lo comenten ustedes fuera de esta charca; albergo el deseo de parar en seco, de comprobar en mis propias carnes y consciencias si el frenazo supondrá mi fulminante deceso. Aún no me he atrevido a ponerlo en práctica, soy joven aún y tengo fondo y fuerzas… Mientras el batir del grueso cordel ejerce de segundero, mientras brinco indolente, voy elucubrando esta idea resoluta de perder comba.


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