Pedrito escribe a los Reyes Magos

Las cartas boca arriba

 

Distinguidas y honorables Majestades:

 

He pensado que empezar esta carta con el consabido “queridos Reyes Magos” quedaba candoroso para un tipo como yo, que ronda los cuarenta y se ha pasado la vida tratando de escapar del infantilismo al que le tenía condenado su madre, como hijo único que soy, de madre viuda. Así que, distinguidas y honorables Majestades, aquí estoy yo con mi carta y su encabezamiento. ¡Vayamos al grano!

Sepan que mi madre, no hace mucho, abandonó su obsesión por mí, y se dedicó a tareas más productivas como la exhibición carnal en la web Viudas calientes, sita en Pamplona. Allí aparecen señoras de cierta edad enseñando sus colgajos, embutidas en ropita fosforescente y botas de cuero, aunque quizá ustedes ya conozcan la web, sea por sapiencia o afición. En ese lugar virtual, mi madre aparece con el sobrenombre de Lady Picas, especializada en sado y sumisión, lo cual le permite joder al personal sin necesidad de quitarse el antifaz. Pero bueno, esto es cosa suya. Yo no les escribo para hablarles de mi madre, sino de mis problemas, tan necesitados de solución.

He sabido que ustedes, graciosas Majestades, resolvieron las peticiones de mi vecina Margarita Orts, vicetiple, razón por la cual, Margarita, a sus cincuenta años, sigue proclamando a los cuatro vientos su creencia en ustedes, los Reyes Magos. La verdad es que no sé cómo tomarme su historia, cuando dice que recuperó la voz gracias a ustedes, allá donde habían fracasado otorrinos y homeópatas. Ni pastillas de eucaliptus ni gargarismos con calium carbonicum al 15 % suavizaron su garganta, herida por el abuso de alcohol y tabaco. Con sus vicios, Margarita había logrado una tesitura vocal próxima a la de Tom Waits, impropia de una vicetiple. Lo cierto es que el pasado 6 de enero, tras la cabalgata, Margarita recibió el auxilio del mismísimo Rey Gaspar, que se coló en su casa por el balcón. Yo no sé lo que le hizo, pero la vicetiple volvió a trinar como en sus años mozos, que los tuvo. Ahora sé que deleita al público de Barcelona, con un biquini de lentejuelas, medias de rejilla, zapatos de tacón de aguja y canciones pícaras. Unas canciones que, por supuesto, incluyen trinos.

No quiero provocar con esto un debate teológico. Ya consulté con mi confesor, que me recriminó no saber rezar al Señor, no confiar en Él y no aceptar sus designios. Me vino a decir que no atribuyera a Dios la responsabilidad de mi sobrepeso, ni el exhibicionismo de mi madre, ni la morbosa timidez que me embarga. ¡Necesito una mujer -le dije-, y Dios no me la concede! Entonces el mosén me espetó que Dios no tenía por qué arreglarme (ni alegrarme) la vida. Esa no es su función. “Tú no necesitas a Dios -me dijo-. Lo que necesitas es al mago Merlín!” Pues bien -le contesté-, si el mago Merlín consigue resolver mis cuitas, cantaré sus alabanzas. ¡A la mierda los dioses que no atienden las súplicas de sus devotos!

Así pues, queridísimos Reyes Magos, espero que -a diferencia del mismísimo Dios- me concedáis alguna de mis peticiones, sea en el plano personal o profesional, o ambos. Llevo cuarenta años siendo buen chico, practicando la obediencia, la prudencia, la fortaleza y la templanza, acabándome la sopa y rezando cada noche antes de meterme en la cama. Sea por todo ello o por otra merecida causa os ruego me concedáis mis deseos, que son, en el fondo, necesidades. Ahí van, muy claritos.

En primer lugar quiero que se muera mi madre. Que caiga fulminada. Y de paso, también, mi tía Mercedes y mi tío Samuel, mi primo Manolín y mi prima Merceditas, cuya presencia en este mundo es un incordio para mí y para sus semejantes. Además, con su muerte recibiría algún dinero y podría resolver mis imperiosos problemas económicos. En segundo lugar, quiero que me desaparezca el sobrepeso, así, de raíz, y que pueda comer lo que me dé la real gana, sin balón gástrico ni hostias, con perdón. Y lo que es más importante: quiero que Marta Cadenas, la directora de la sucursal bancaria de aquí al lado, esa que viste y calza para el placer de mis ojos, caiga rendida a mis pies, se deje acariciar, lamer, abrazar e incluso atosigar con mi presencia. Y quiero que me acompañe a dar la vuelta al mundo en un viaje inacabable sin presupuesto ni destino.

¡Ah! Y también quiero que dejen de llamarme Pedrito y pasar a llamarme don Pedro, como el dueño de las bodegas Domecq, o como esa flor tan lustrosa que decora los jardines de casa de mi tía y también atiende por Dondiego. No me gusta su olor, pero es gorda y lozana, como yo mismo y mis mollitas.

Y si no es mucho pedir, acabo aquí,

 

Pedrito

 

 


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