Patrañas

M de Mirinda

 

La altura estética y la utilidad predicables de nuestras patrañas cotidianas es limitada, en la misma medida que lo es el llamar avión a una cuchara de acero inoxidable, con papilla, que se abate sobre el niño inapetente; o el hacer que un perro se siente, y ponga dulce mirar, cuando se le ofrece el hueso de aceituna encurtida, o la semilla, corazón, de tamarindo. Son patrañas de pequeño calibre. Pequeños engaños para los miserables escollos diarios. Poco nos basta para engañarnos.

Son estas patrañas falaces obsequios que nos hacemos ante los infra retos, ante las inquietudes de subsistencia, ante las desavenencias de poca monta. Su eficacia es breve: calientan la fría salmuera de nuestro ánimo como lo haría un trago seco. Poco esperamos. Bajas miras.

A más podemos enfrentarnos. No nos limitemos a segregar engaños para aniquilar el dolor de lo corriente.

En la escala de la mentira piadosa relucen las quimeras en un peldaño superior. La patraña es prensa rosa; la quimera, pequeña literatura. La patraña no cotiza, no paga el I.V.A.; la quimera es exquisita en su trato con el Fisco. La patraña no separa residuos; la quimera añade a cada bolsa de basura una nota con el inventario del contenido. La patraña anquilosa; la quimera da aliento y suspira. La patraña no se afeita; la quimera se depila con miel caliente y romero. La patraña es común y bajera, marca blanca; la quimera es personal e intransferible. La patraña, o se olvida o se reutiliza sin fin; la quimera es indeleble y muta en su busca de perfección constante.

Son las quimeras ejercicios festivos, preñados de sutileza, que requieren todo nuestro empeño. Solo son dignas de los palpitantes momentos de realce que requieren regodeo, fantasía y excelencia.

Hemos de aventurarnos a tejer refinados argumentos y falacias para salvarnos, también, cuando lo sublime nos subvierte. ¡Que la ardiente exposición a la belleza no nos amilane, que los desmontes del amor desarmado no nos dejen quebrados! Compliquémonos con elegantes mentiras de fantasía. Elevemos la gracia de nuestras argucias. Bordemos engaños con hilo de oro. Engañémonos, sí, pero (enfrentándonos) a lo grande. Soñemos quimeras y no patrañas.

Y así yo me pastoreo. Mi más reciente quimera me convence, posada en mi regazo y mirándome con sus ojitos, de que (de verdad, sin duda, no hay problema ni desvelo) puedo sobrevivir descollando, aquí, siendo isla. Por supuesto.


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