Paraguas

Moda al tuntún

 

Nacido formando parte de ritos cortesanos, goza de la ambigüedad de uso: sol y lluvia.

En su larga evolución ha reducido peso, ganado impermeabilidad, un plegado razonable, pero su forma, olvidando algunas propuestas bizarras, no ha variado.

La tela impermeable sostenida por las varillas conserva su perfil de casquete esférico con una contera en su centro, y en el lado opuesto el mango recto, con o sin lazo, o un puño curvado.

¿Quien no posee un paraguas? Lo corriente es tener uno o dos por persona. Reposan, por lo general, en grupo en cualquier rincón, más o menos escondido de las casas, en una melé sin distinción de sexo o edad. Tampoco es raro verlos colgados por la empuñadura, y los plegables, por sus lazos, como racimos de salchichones.

Aunque la moda también lo persigue, el usuario busca que resista las rachas de viento, su contera no sea agresiva y posea tacos en las varillas (algún ojo se lo puede agradecer), y, sobre todo, que disponga de una plaza de cortesía. Sea como sea asegura bajo lluvia intensa un baño general de cintura a los pies. Entre los paraguas asimétricos, el globo de Nubrella que ayuda a la cosmonautización en marcha y el viejo paraguas de pastor, me quedo con este último; y para ambientes urbanos, el sólido Swaine Adeney Brigg.

Hoy, un paraguas en la mano (y la calderilla en el bolsillo) revela al transeúnte, al peatón, y posiblemente anticipa un futuro olvido.


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