Papito en alta resolución: una memoria

Somos una granja humana

 

Tres años ya echándote de menos, papito. Tres años desde que te fuiste, Facebook acaba de recordármelo. La foto te la sacó la tía Julia con la Casio, ¿te acuerdas? La pongo aquí para que nunca olvidemos la vivacidad de tus ojos, la franqueza de tu sonrisa. ¿Te acuerdas? Hacía calor, volvíamos de los Sanfermines. Paramos a repostar en el Medas, sacaste de las máquinas un descafeinado y un paquete de Ducados. La tía Julia disparó y el sensor CCD de la Casio te codificó para siempre en un paquete JPG. Cada paquete JPG divide la imagen en bloques de 8 X 8 píxeles. Con niveles de compresión altos, a veces los bloques son perceptibles a simple vista, y las fotos se emborronan, pero la tía Julia no escatimaba memoria, la tía Julia disparaba siempre en alta resolución. La Casio te capturó por completo, papito, eres tú en calidad digital. Son los puntos de luz arremolinándose como galaxias, recreando tu rostro con una nitidez brutal. Combinándose de manera irrepetible, trayéndonos de vuelta tu barba cana, el polo granate que te compraste en el Eroski.

Todos estos miles de millones de píxeles con sus colores vívidos, vibrantes, eso es lo que queda de ti, papito. Esto y lo que yace enterrado en el cementerio de Les Corts, que a estas alturas tiene que ser ya un amasijo de carne pútrida y agusanada, una cosa negra y maloliente como no me quiero ni imaginar.

Un hedor horrible, monstruoso, Papito. Una oscuridad densa y permanente, dios mío.

Por eso he puesto aquí la foto, papito. Porque cuando arrastro el archivo JPG al navegador, hago que lo negro y lo pútrido retrocedan. Que lo maloliente se disipe y que todo vuelva a inundarse del olor a café y a cecina que se respiraba en aquel Medas, de la felicidad que compartimos tú y yo y la tía Julia, allí reunidos en torno a la mesa de formica, disfrutando de las cosas buenas de la vida.

Dicen que los JPG son unos paquetitos de datos que nunca se degradan y que nunca se mueren, papito, sobre todo si haces copia de seguridad. Subo esta foto a internet para obligarme a recordar, para que ninguno nos degrademos, para que ninguno nos muramos. Ojalá esta foto me dé fuerzas para retomarlo todo allí donde lo dejé. Desengancharme de la medicación, llamar a los niños por su cumpleaños, pedirle perdón a Cristina, etcétera, etcétera.

Lo cierto es que cuanto más miro la foto, más me espanta el contraste entre los puntos de luz y toda esa porquería que yace enterrada en el cementerio de Les Corts, papito. Me tiembla el pulso, papito. Se me cayó el disco duro externo al suelo. Perdí el disco duro externo y todas las fotos que me envió la tía Julia fueron a tomar viento. Esta es la única foto tuya que me queda y voy a borrarla también, papito. Lo siento pero cada vez me da más mal rollo. No es un adiós para siempre, papito. En lo que está sucediendo bajo tierra más vale no pensar. En internet me estarás brillando siempre. Y pronto yo también moriré, y me convertiré en millones de puntos de luz de las más fantásticas tonalidades. Y viviré contigo en la red en un éxtasis permanente, los puntos de luz perfilando nuestras sonrisas con perfecta nitidez, eternamente, ininterrumpidamente.

Pero como digo, lo primero que tengo que hacer es desengancharme de la medicación, recuperar la claridad de miras, zanjar los temas pendientes. Y asegurarme de que la tía Julia se viene con nosotros, papito. De la tía Julia me encargo yo.


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